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Cafés atestados de gente golpeando platos, vasos y mesas, hombres y mujeres agitando sus banderas celestes y blancas y bocinas que no dejaron de sonar; todo Buenos Aires festejó el sábado el máximo galardón obtenido por el basquet nacional: la medalla de oro.
"Nunca imaginé una diferencia así, pensé que iba a ser un partido muy ajustado. ¡Estos muchachos son de oro! Ahora a festejar y después a dormir porque los nervios me están matando", dijo Rafael Raliche con los ojos llenos de lágrimas antes de apurar el paso para ir a celebrar al clásico punto de encuentro porteño, el Obelisco.
La final olímpica entre Argentina e Italia, que el equipo de la figura de la NBA Emanuel "Manu" Ginóbili ganó 84-69 en Atenas, fue seguida con euforia en todos los rincones de esta capital.
"Ole" gritaron con efervescencia más de un centenar de comensales en un bar del barrio de la Recoleta cada vez que un jugador italiano marró un tiro y "vamos, vamos" con los puños en alto con cada anotación del conjunto argentino.
Sola en una mesa y bebiendo agua a borbotones, la abogada Laura Velardez se compenetró tanto en el juego que sufrió como propio el golpe en la rodilla derecha de Ginóbili al final del segundo cuarto.
"Vamos Manu, no es nada, dale Manu, vamos a ganar", le gritó a la pantalla gigante.
"¡Ni loca lo veía sola, me podía dar un infarto! Por eso vine al bar y hasta que no se suban al podio con la de oro no me desatornillo de la silla", comentó entre risas.
"Dale campeón, dale campeón", comenzó a gritar un grupo de jóvenes cuando el reloj marcaba los últimos segundos de la final olímpica. La diferencia era demasiado amplia, el oro ya era argentino.
"Vamos, vamos Argentina", cantaron al unísono todos en el café antes de unirse en un aplauso de pie.
"Fue un partido emotivo y difícil, dramático. Que los pibes del basquet nos traigan una medalla de oro me llena de orgullo", dijo Germán Bernhairdt, un estudiante de la provincia de Córdoba, mientras intentaba subirse a una silla para revolear la camiseta.
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