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Un cadáver en el motel

Getty Images
Largas filas se hacen todavía ante el cadáver embalsamado de Vladimir Lenin, el máximo líder de la revolución rusa de 1917.

Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia

Las travesuras de la vida no se les acaban a las personas cuando se vuelven cadáver. Si no es el propio muerto, son sus allegados los que se encargan de perturbar la paz perpetua de que hablan los rezos.

El de Héctor, el hijo de Príamo, el rey de Troya fue un cadáver motivo de negociaciones políticas, y Antígona se convirtió en símbolo de las rebeliones justas cuando decidió darle sepultura a su hermano Polínice, contra el mandato del rey que había ordenado que fuera pasto de perros y de aves carroñeras. En esa escena reconstruida por Sófocles, se inspiró García Márquez para decidir el destino de los restos del médico suicida de La Hojarasca. Puesto que se había negado a darles atención a los heridos de una refriega electoral, la población lo condenó a no tener sepultura y a pudrirse entre las paredes de su casa.

Otro cadáver padeció los rigores de una venganza, fue el del noble caballero Juan Talabot que permanecía insepulto por decisión de un prestamista que reclamaba una deuda de dos mil nobles. Así lo encontró el caballero andante Oliveros de Castilla, quien pagó la deuda e hizo enterrar su cuerpo honradamente, según el relato publicado en 1486 por un anónimo autor. Ese muerto tuvo un aparente mejor motivo y mayor suerte que el del oficial Guevara en nuestros días. Sus secuestradores de las FARC lo vieron morir en cautiverio, lo sepultaron en una tumba anónima en la selva y se negaron a entregar el cuerpo a pesar del conmovedor reclamo de su madre. Y cuando al fin decidieron entregarlo, fue la decisión del gobierno la que prolongó el secuestro del cadáver porque la política oficial predominó sobre la decisión de la entrega humanitaria.

Más cruel que esta historia es la de los cadáveres arrojados en pedazos a los ríos o sepultados en fosas abiertas en la montaña, en lugares secretos para que nadie encuentre la prueba del crimen horrendo. Cuerpos especializados de forenses, guiados por los datos de algún asesino confeso y seguidos por parientes pacientes y llorosos, emprenden todos los días esta macabra búsqueda del tesoro.

Sobre otros cadáveres se ha cebado la propia historia del muerto. El de Eva Perón ha sido objeto de un trasiego sin descanso, como si se tratara de un material radioactivo que nadie quiere conservar cerca, envuelto en gruesas capas de plomo como los cadáveres de los papas, o en alguna tumba secreta como las fórmulas de las armas letales. Parecida suerte tuvieron los cuerpos de Camilo Torres, de Raúl Reyes o de Manuel Marulanda. Temidos hasta después de muertos, son cadáveres invisibilizados por sus enemigos, o por sus propios amigos como el de Tirofijo a cuyos sepultureros les dieron muerte para que no revelaran la ubicación de su tumba, según el dato que, por atroz, parece leyenda.

Cuando comenzaron a multiplicarse las muertes de las víctimas del sida en Holanda cundió la práctica de disponer los rituales alrededor del propio cadáver. Por las calles de Ámsterdam el paso de un antiguo coche fúnebre tirado por cuatro imponentes caballos negros, enjaezados de negro y plata y con penachos color oro en sus cabezas, paralizó el tráfico y las conversaciones. Todo había sido dispuesto en detalle por el muerto. Hunk Koens antes de morir dispuso que su cuerpo fuera cubierto por 42 rosas blancas y rojas, una por cada año de su vida y que luego, se entregaran las blancas a sus amigos y las rojas a las personas más amadas. Otros dispusieron la cremación de su cuerpo y la conservación de las cenizas en columbarios; otro prefirió que se las arrojara al mar mientras otro ordenó enterrarlas entre las raíces de un viejo árbol. Un destino modesto, en todo diferente al que ordenaron los faraones para sus cuerpos que descansan en las entrañas oscuras de las pirámides, o los de los papas que yacen casi olvidados debajo de los mármoles triunfales convertidos por el genio de un escultor en imágenes que respiran inmortalidad.

Las largas filas de devotos que visitan el cadáver de Lenin, o los peregrinos que llegan hasta la tumba del padre Marianito en Angostura, van en busca de la vida de un muerto. Pero sea por el imperativo ciego de una tradición, o por una creencia religiosa, o siguiendo la presión impetuosa de una historia colectiva o personal, o como reacción frente a la fuerza aniquiladora de la muerte, lo cierto es que los cadáveres viven su propia vida.

Por eso no había que extrañarse un pasado domingo cuando un muerto que había estado perdido casi 24 horas, apareció en el parqueadero de un motel en Bogotá porque el conductor del carro fúnebre se había ido de parranda. De los muertos todo se puede esperar.

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