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EFE
La presidenta de Argentina, Cristina Fernández junto a su esposo, el ex presidente Néstor Kirchner, durante un acto en la ciudad de Rawson, capital de la provincia de Chubut, en la patagonia argentina. La mandataria sorprendió este viernes a la oposición al anunciar su intención de adelantar cuatro meses las elecciones de octubre, en momentos en que sigue su disputa con el campo y el país comienza a sentir el impacto de la crisis global.
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Hugo Muleiro
Buenos Aires, Argentina
"El tsunami de la crisis financiera en Estados Unidos va a llegar a Brasil como una olita", dijo a fines de 2008 el presidente Luiz Lula da Silva, y a fines de 2008, más precisamente en diciembre, hubo en ese país 600 mil trabajadores despedidos. Parecía creer Lula que su país estaba suficientemente fuerte como para que el derrumbe económico mundial no lo afectara de manera significativa.
Sin un instinto tan optimista como el que expresan por naturaleza los brasileños, las autoridades argentinas estaban y están también convencidas de que esta crisis, que amenaza con ser catástrofe en términos de desocupación, pobreza y hambruna, encuentra al país -junto con casi toda la región- en condiciones mejores que cualquier otra que la preceda.
Pero eso no quiere decir que se pueda evitar el impacto y en Argentina la preocupación se duplica porque transcurre un año electoral, los comicios de "medio término", de renovación parlamentaria, previstos inicialmente para octubre pero que el gobierno nacional acaba de adelantar para junio, aunque el Congreso debe aprobar la iniciativa.
El argumento formal parece intachable: cuanto antes se vote, dijo el viernes 13 de marzo la presidenta Cristina Fernández, más rápido el país se sacará de encima un choque político que venía con ruidos de tormenta y estará mejor para acordar políticas frente a la crisis, para que haya consensos no condicionados por la expectativa de ganancias en las urnas.
La respuesta de algunos opositores también es difícil de desmentir. Los índices económicos, como nivel de crecimiento, de empleo, de pobreza, serán peores en octubre que en junio, y esa es la verdadera razón del adelantamiento, afirman: pura conveniencia electoralista.
Pero en verdad la presidenta y su equipo asestaron un golpe a los adversarios, que se dividieron fuertemente respecto de la decisión. Es que la iniciativa tuvo como punto de partida un favor político formidable hecho al gobierno nacional por uno de sus opositores principales, el alcalde o jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Mauricio Macri. El empresario resolvió adelantar a junio las elecciones legislativas de su distrito, para separarlas de las nacionales y así evitar que muchos votantes se vean tentados a apoyar en bloque al oficialismo.
Es que en una estructura económica y política centralizada como la de Argentina, tributaria del poder reunido en el gobierno nacional, las elecciones suelen estar marcadas por la suerte del presidente y sus fuerzas en el congreso y en las provincias. Si al gobierno nacional le va bien, sus aliados provinciales reciben también al menos un derrame expresado en votos para ellos.
También para separarse del "arrastre" del voto nacional fue que se realizaron a comienzos de marzo las elecciones locales en Catamarca, una provincia del noroeste del país donde una coalición opositora derrotó sonoramente a las fuerzas del "kirchnerismo", como se llama a los sectores mayoritarios del Partido Justicialista (peronista) que acompaña a la presidenta y que conduce su esposo y ex mandatario, Néstor Kirchner.
En resumen, nadie puede culpar a nadie de acomodar el calendario electoral a su conveniencia, porque prácticamente no hay fuerza política en el país que no lo haya hecho o intentado.
Lo que sí está lejano, en tanto, es un acuerdo entre los actores principales del país, políticos y económicos, sobre cómo afrontar la crisis: el gobierno logró atenuar a medias el conflicto con los productores agrarios y sigue aferrado a entendimientos con la industria para evitar, hasta ahora y sólo hasta ahora, una expansión brusca de la desocupación. Está en la historia y en la sangre del peronismo, esto es de la presidenta Fernández, está en sus instintos políticos, y es lo que mejor hizo siempre, la fórmula que hoy los gobiernos de casi todo el mundo busca aplicar ante el vendaval: estímulos al mercado interno, incentivos al consumo, presencia fuerte del estado para intervenir, mediatizar, sostener. De alguna forma, salvo períodos de autonegación como el del presidente Carlos Menem (1989-1999), eso es "peronismo puro".
Por ahora, frente a ello, los opositores no lograron hilvanar ninguna alternativa y, además, el gobierno los puso a trabajar aceleradamente en sus acuerdos dificultosos, al acelerar los tiempos electorales.
Terra Magazine
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