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Una cuestión de confianza

The New York Times
Paul Krugman

Paul Krugman
De New York Times

De acuerdo con los noticiarios, la administración Obama -que parecía haberse alejado de la opción pública en la cuestión de los seguros de salud durante el final de semana- está chocada y sorprendida con la reacción enojada de los progresistas.

Bien, estoy chocado y sorprendido con su choque y sorpresa.

La respuesta de la base progresiva ya estaba formándose hace meses, la misma base que apalancó su candidatura por el partido demócrata en las primarias y tuvo un papel esencial en la victoria de las elecciones. La lucha por la opción pública abarca cuestiones de políticas sustanciales, pero es también una plataforma para asuntos más amplios sobre las prioridades del presidente y su abordaje.

La idea de permitir que individuos compren seguros de planes administrados por el gobierno fue introducida en la década en 2007 por Jacob Hacker de Yale, adoptada por John Edwards en las primarias demócratas y se volvió parte del plan original de la reforma de salud de Obama.

Uno de los objetivos es economizar dinero público. La experiencia con el Medicare sugiere que un plan administrado por el gobierno tendría menos costos que las aseguradoras privadas; además, promovería mayor competición en el mercado y mantendría las pólizas más baratas.

Y seamos objetivos: La supuesta alternativa, las cooperativas sin fines lucrativos, es una farsa. No es sólo mi opinión; es lo que el mercado dice: las acciones de mercado de las aseguradoras se fueron a las alturas con la noticia de que la Pandilla de los Seis Senadores que intentaban negociar un abordaje bipartidario para la reforma de salud estaría abandonando el plan. Parece obvio que los inversionistas creen que las cooperativas ofrecerían un riesgo mínimo para las aseguradoras privadas.

Además, la opción pública ofreció una forma de reconciliar las opiniones divergentes entre los demócratas. Hasta la idea de la opción pública se volviera un tópico, una facción significativa del partido rechazó todo lo que no fuera un plan unificado, en los moldes del Medicare, y creían que cualquier otra opción significaba perpetuar los defectos del sistema actual. La opción pública, que forzaría a las empresas de seguro a probar su utilidad o a desaparecer, resolvió algunas de aquellas diferencias.

Dicho eso, es posible tener una cobertura de salud universal sin la opción pública -varios países de Europa ya tienen- y los partidarios de la opción pública con seguridad la abandonarían si pudieran confiar en la existencia de un sistema de salud universal y que funcione. Infelizmente, el comportamiento del presidente no demuestra esa confianza.

En la cuestión del sistema de salud, el candidato inspirador, que los progresistas pensaron haber elegido, se revela frecuentemente un tecnócrata insípido que habla de "adaptar la situación', pero que sólo ahora resolvió insistir en la reforma. Las explicaciones de Obama sobre su plan quedaron cada vez más claras, pero él todavía parece incapaz de llegar a una simple y definitiva fórmula; sus discursos y declaraciones todavía suenan como si hubieran sido escritos por un comité.

Mientras tanto, ante asuntos delicados como tortura y aprisionamiento, el presidente todavía desdeña de los progresistas con su resistencia en desafiar o cambiar las políticas administrativas de Bush.

Y también está la cuestión de los bancos.

No sé bien si los oficiales de la administración consiguen tener la dimensión del mal que hicieron a sí mismos con su tratamiento suave de la industria financiera, ni del papel ridículo de las instituciones de gobierno que pagaron los famosos bonos durante la crisis. Pero yo conversé con mucha gente que votó por Obama, y esas personas no creen que el estímulo haya sido un desperdicio total de dinero. Lo que consigo exprimirles es que la gran decepción fue mucho más en los fondos de ayuda que los estímulos, pero, los electores en general no logran hacer la distinción.

Entonces hay un consenso que crece entre los progresistas de que fueron engañados. Y es por eso que la ambigüedad sobre la opción pública creó una protesta tan grande.

Pero no nos olvidemos de que la política es el arte de lo posible. Obama jamás conseguiría todo lo que sus electores querían.

Pero hay un punto en el que el realismo se vuelve debilidad y los progresistas sienten cada vez más que la administración está del lado equivocado de esa línea. Parece que los republicanos pueden hacer lo que quieran sin que el gobierno Obama los reprenda: El senador Charles E. Grassley insiste en la eutanasia, diciendo que la reforma va a "desconectar los aparatos de la abuela", y dos días después la Casa Blanca declara que todavía está comprometida en trabajar con él.

Es muy difícil evitar la impresión de que Obama desperdició meses intentando hacer acuerdos con personas que no saben hacer acuerdos y que interpretan cada concesión como una señal de que el presidente puede ser manipulado.

Sin duda, bastó que la prensa divulgara que el gobierno aceptaría a las cooperativas como una alternativa a la opción pública para que los republicanos anuncien que eso sería inaceptable.

Entonces los progresistas están sublevados. Obama no supo valorar su confianza y acabó perdiendo. Y ahora él necesita recuperarla.

Paul Krugman es economista, profesor de la Universidad de Princeton y columnista de The New York Times. Fue galardonado con el premio Nobel de economía de 2008. Artículo distribuido por The New York Times News Service.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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