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The New York Times
Paul Krugman
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Paul Krugman
The New York Times
El debate sobre la "opción pública" del sistema de salud parece desalentador. Tal vez el aspecto que menos anima a los progresistas es el hecho de que sus oponentes, contra la variedad de planes de salud, ganaron bastante proyección -en el Congreso y tal vez también con la opinión pública- repitiendo todo el tiempo que la opción pública sería, para el horror de todos, un programa del gobierno.
Por lo que parece, Washington todavía está gobernada por el Reaganismo, una ideología de que la intervención del gobierno siempre es algo malo y la autonomía del sector privado siempre es lo ideal.
Pueden decir que soy ingenuo, pero creía que el fracaso del Reaganismo lo extinguiría de la superficie de la tierra. Lo que se ve, sin embargo, es una doctrina zombi: sigue caminando incluso después de muerta.
Entonces vamos a entender por qué la era Reagan ya debería haber terminado.
Primeramente, muchos años antes de la actual crisis, la denominada Reaganomics (la economía practicada en la era Reagan) no había logrado conquistar lo que prometía. ¿Recuerda usted que nos prometieron que los impuestos más bajos sobre los sueldos más altos y la desreglamentación que lanzó la "magia del mercado" llevarían a una mejora de vida para todos? Eso no sucedió.
Pero, es verdad que los ricos se beneficiaron mucho: la renta del 0.01% de la población americana aumentó casi siete veces entre 1980 y 2007. Pero, la renta de la familia de clase media aumentó sólo el 22%, menos de un tercio de su crecimiento en los últimos 27 años.
Además de eso, la mayoría de las ganancias conquistadas por los americanos comunes sucedió durante la era Clinton. El presidente George W. Bush, que tuvo el honor de ser el primer presidente Reaganita a también contar con un congreso predominantemente republicano, también se destacó por encabezar la primera administración desde Herbert Hoover en que la típica familia americana casi no tuvo ganancias significativas en términos de renta.
Por fin, está el pequeño detalle de la mayor recesión desde la década de 1930.
Hay mucho por decir sobre el desastre financiero de los últimos dos años, pero la versión resumida es la siguiente: Los políticos seguidores de la ideología Reaganista desmantelaron las reglamentaciones establecidas en el New Deal, que habían impedido una crisis bancaria durante 50 años, creyendo que el mercado financiero podría cuidarse a sí mismo. El efecto de eso fue que el sistema financiero se hizo tan vulnerable como era durante la crisis de la década de 1930, y lo inevitable sucedió.
"Siempre supimos que los intereses personales incontenibles eran de bajo valor moral", dijo Franklin Delano Roosevelt en 1937. "Ahora sabemos que es una pésima forma de administrar una economía". Y, el año pasado, aprendimos nuevamente esa lección.
O no. Lo que más espanta en el escenario político actual es que nada cambió.
El debate sobre la opción pública, como dije, llega a ser deprimente, dada su falta de objetividad. Los oponentes a la opción -no sólo republicanos, sino demócratas como el senador Kent Conrad y el senador Ben Nelson- no fueron capaces de ofrecer siquiera un argumento coherente. Nelson advierte que si se ofreciera la opción pública, todos los americanos optarían por ella en detrimento de los planes privados, lo que, según él, es una amenaza, cuando en verdad es exactamente eso que debe suceder en el caso de que el plan de salud público realmente sea mejor que los privados.
Y lo mismo se repite en otras frentes. Los esfuerzos para reforzar la reglamentación de los bancos parecen estar perdiendo fuerza, porque los oponentes de la reforma declaran que más reglamentaciones llevarían a menos innovación, eso después que las maravillas de la innovación casi llevaron nuestro sistema financiero a la ruina, una ruina evitada sólo por grandes inyecciones con el dinero del contribuyente.
Entonces, ¿por qué no mueren esas ideas zombis?
Parte de la respuesta es que hay mucho dinero por detrás de ellas. "Es difícil hacer con que un hombre comprenda algo", dijo Upton Sinclair, "cuando su sueldo" -o quien sabe su presupuesto de campaña- "depende justo de no entender". La industria de los planes de salud distribuye enormes cantidades de dinero para demócratas obstruccionistas como Nelson y el senador Max Baucus, cuyas negociaciones en el Bando de los Seis fueron esenciales en el bloqueo de la legislación.
Pero un poco de la culpa también es del presidente Barack Obama, con sus elogios infames a Reagan durante las elecciones primarias del partido demócrata, que se recusa a usar su posición de poder para confrontar el fundamentalismo de sus adversarios. De cierta forma, eso es irónico, ya que Reagan funcionó muy bien porque, además de modificar la legislación de impuestos, siempre intentó cambiar el pensamiento de los Estados Unidos.
¿Cómo quedará esa cuestión? No lo sé. Pero es difícil evitar el sentimiento de que se está perdiendo una oportunidad importante, que estamos en un momento de cambio, pero no logramos hacerlo.
En una columna anterior, hice un chiste sobre Suiza que muchos lectores no entendieron. Además de eso, los suizos no usan tirantes.
Terra Magazine