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The New York Times
Paul Krugman
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Paul Krugman
De The New York Times
A veces siento una desesperación con relación al destino del planeta. Si usted acompaña la climatología, sabe lo que quiero decir: la sensación de que estamos volando rumbo a una catástrofe, pero, nadie quiere oír hablar de eso o hacer cualquier cosa para evitarlo.
Y sabe: no estoy exagerando. En los últimos tiempos, los alertas terribles no son discursos delirantes de excéntricos. Ellos son las constataciones de los modelos climáticos más ampliamente respetados, desarrollados por los mejores investigadores. El pronóstico para el planeta quedó mucho peor en los últimos años.
¿Qué está generando este nuevo pesimismo? Primero, el hecho de que algunos cambios previstos, como una disminución en el nivel de hielo del Océano Ártico, están sucediendo mucho más rápido de lo que se esperaba. Segundo, las pruebas cada vez más frecuentes de que los loops de retroalimentación que amplifican los efectos de las emisiones de gases del efecto estufa, generados por el hombre, son más fuertes que lo que se notaba anteriormente. Por ejemplo, se sabe hace mucho tiempo que el calentamiento global causará el deshielo de la tundra, liberando dióxido de carbono, lo que causará más calentamiento todavía, pero nuevas investigaciones muestran mucho más dióxido de carbono aprisionado en el permafrost que lo que se pensaba antes, lo que significa un efecto de retorno mucho mayor.
El resultado de todo eso es que los climatólogos, en masa, se transformaron en Casandras; con la capacidad de profetizar futuros desastres, pero maldecidos con una incapacidad de que alguien les crea.
Y tampoco estamos hablando sólo de desastres en un futuro distante. El verdadero gran aumento en la temperatura global probablemente no sucederá hasta la segunda mitad de este siglo, pero habrá muchas pérdidas mucho antes de eso.
Por ejemplo, un trabajo de 2007 en la revista Science tiene el título Model Projections of an Imminent Transition to a More Arid Climate in Southwestern North America (Proyección de modelo de una transición inminente para un clima más árido en el Sudoeste de América del Norte) -sí, "inminente"- y relata "un consenso total entre modelos climáticos" que un estiaje permanente, trayendo condiciones como tormentas de arena, "será la nueva climatología en el Sudoeste americano dentro de un período que va desde años hasta décadas".
Entonces, si usted vive en, por ejemplo, Los Ángeles, y le gustaron aquellas fotos con el cielo rojo y aquel polvo asfixiante en Sídney, Australia, la semana pasada, usted no necesita viajar. Ellos llegarán hasta usted en un futuro no muy lejano.
Ahora, en este punto, debo hacer el aviso legal obligatorio de que ningún evento climático individual se puede atribuir al calentamiento global. Sin embargo, el punto es que el cambio climático dejará los eventos como aquella tormenta de arena australiana mucho más comunes.
En un mundo racional, entonces, el desastre climático que se aproxima sería nuestra principal preocupación política y de políticas. Pero, evidentemente, no lo es. ¿Por qué no?
Parte de la respuesta es que es difícil mantener el enfoque de la atención de las personas. El tiempo oscila -los neoyorquinos deben recordar la ola de calor que elevó los termómetros hacia los 90º F (32º C) en abril -e incluso a nivel global- esto es suficiente para causar una oscilación sustancial de un año al otro en la temperatura promedio. Como resultado, cualquier año con un calor récord es normalmente seguido por varios años más fríos: de acuerdo con la Agencia de Meteorología de Gran Bretaña, 1998 fue el año más caluroso hasta ahora, aunque la NASA -que comprobadamente tiene datos mejores- diga que fue 2005. Y es muy fácil llegar a la falsa conclusión de que el peligro ya pasó.
Pero la razón principal de que estamos ignorando el cambio climático es que Al Gore está correcto: esta verdad es simplemente demasiado inconveniente. Responder al cambio climático con la energía que la amenaza merece, al contrario de la leyenda, no sería devastador para la economía como un todo. Pero barajaría las cartas de la economía, hiriendo algunos intereses poderosos establecidos, incluso al crear nuevas oportunidades económicas. Y las industrias del pasado tienen ejércitos de lobistas de prontitud en este instante; las industrias del futuro, no.
Ni es sólo una cuestión de intereses establecidos. También es una cuestión de ideas establecidas. Por tres décadas, la ideología política dominante en América enalteció la iniciativa privada y denigró el gobierno, pero el cambio climático es un problema que sólo se puede enfrentar a través de la acción del gobierno. Y en vez de admitir los límites de su filosofía, muchos miembros de derecha optaron por negar que el problema exista.
Entonces aquí estamos, con el mayor desafío que la humanidad ya encaró en segundo plano, en la mejor de las hipótesis, como una cuestión de políticas. Hablando de eso, no estoy diciendo que la administración Obama estaba equivocada al poner la salud en primer lugar. Fue necesario mostrarles a los electores una realización tangible antes de noviembre del corriente año. Pero es mejor que la legislación del cambio climático sea la próxima.
Y como destaqué en mi columna pasada, tenemos cómo bancar esto. Incluso con los modelos climáticos llegando a un consenso en la visión de que la amenaza es mayor que lo que notamos, los modelos económicos han llegado a un consenso en la visión de que los costos del control de las emisiones son más bajos que lo que muchos temían.
Entonces la hora de actuar es ahora. OK, en rigor, ya pasó. Pero más vale tarde que nunca.
Terra Magazine