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La dorada mediocridad de Chile

AFP
"Nuestra Presidenta y nuestros ministros y ministras hacen lo que pueden, son mirados con un poco de lástima, y no parece que vayan a pasar a la historia".

Juan Guillermo Tejeda
Santiago (Chile)

En contraste a los epopéyicos gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela, Álvaro Uribe en Colombia, Evo Morales en Bolivia o la dolorosa y maquillada Cristina Fernández en Argentina, en nuestra tierra parece haber una actividad política poco brillante.

No somos noticia. No hay referendums que se anulen unos con otros, ni protestas en el campo ni golpes certeros a la guerrilla, al narcotráfico o a la delincuencia, y tampoco gestos populistas con el presidente en camisa roja sacando al pueblo a la calle.

La gente se interesa poco por la política, salvo para decir generalidades del tipo: son todos unos sinvergüenzas, que es fácil de decir y no se enoja nadie que pueda hacernos daño. La oposición se ha empeñado en picotear a los partidos de gobierno y ha conseguido dañarlos, pero sin que ese daño los favorezca a ellos. Por el contrario, los opositores parecen ser menos que los partidarios del gobierno, que son muy pocos. La enorme masa del país no sabe ni contesta, ni tiene ganas de saber ni de contestar.

Hablar todo el día de corrupción, de irregularidades, de negociados y de incompetencia anima un rato a los telediarios locales, pero ha llegado a ser una modesta rutina. Y claramente, no constituye noticia internacional. No contamos ya con Pinochet para darle color a la fiesta, y la presencia de la Paty Maldonado o de Hermógenes Pérez de Arce no le hacen el peso al Tata.

Los mapuches aún no se toman la Araucanía aunque en general estamos con su causa, los pingüinos protestan pero no mucho y también nos caen bien, y la crisis entre que llega y no llega, porque por un lado nos afecta como país consumidor, pero al mismo tiempo nos beneficia como país exportador de materias primas. O sea que sube el arroz pero también sube, y mucho, el precio del cobre. Los periódicos reaccionan con asombro al ver que el crecimiento se mantiene, porque quisieran quizá un desplome grave de algo, alguna catástrofe que por ahora no se produce.

Súmese a eso un gobierno más bien plano, de administración, al que la gente considera buena onda pero no demasiado inspirado. Es decir que nuestra Presidenta y nuestros ministros y ministras hacen lo que pueden, son mirados con un poco de lástima, y no parece que vayan a pasar a la historia. Imploran piedad un poquito con la mirada, y les tenemos piedad.

Vivimos en una dorada mediocridad. En un célebre verso de hace dos mil años, Horacio recomienda la medianía, la "aurea mediocritas", el no sobresalir mucho ni para arriba ni para abajo, y en eso estamos. Hemos entrado en una paz que está más hecha de aburrimiento y de falta de proyectos que de otra cosa. La inversión extranjera sigue adelante como nunca, nos vamos haciendo más globales, más sofisticados, y más gente entra al mercado, al capitalismo, a la cosa del consumo, a la banda ancha. No tenemos caudillos, ni más amenazas que las comunes y corrientes.

Nuestras tensiones políticas se refieren, no a revueltas ni a reformas dramáticas, sino a perfeccionamientos. ¿Cómo hacer para mejorar el transporte? ¿De qué manera aumentar la cobertura previsional? ¿Cómo mejorar la calidad de la educación o de la salud? Hay que mejorar muchas cosas, es verdad, y podríamos ir más rápido, pero no hay nadie dispuesto a quemarse a lo bonzo para mejorar el Transantiago.

Los chilenos hemos vivido tiempos heroicos, revolucionarios, dictatoriales, y no los echamos de menos. Nos hemos vuelto aficionados a la mediocridad de Horacio, a esa medianía del ser que aconseja al navegante no adentrarse demasiado en el mar ni tampoco ir muy pegado a la costa. La mediocridad dorada evita tanto la ruina como el lujo, y es una especie de término medio permanente, una felicidad en la medida de lo posible, un avanzar transando, un cambio conservador.

Si las cifras de las encuestas nos señalaran un enorme interés de los ciudadanos por la actividad política, y una activa adhesión de la gente por unos u otros partidos, estaríamos quizá en medio de quizá qué tormenta. Sebastián Piñera regresó emocionado de Colombia, donde han bajado a la mitad los delitos, y pidió una vía colombiana para Chile. Pero aquí estamos en cifras muy distintas de delincuencia pese a lo que se ve en los telediarios, y para reducir la delincuencia a la mitad es necesario partir de una realidad realmente muy deteriorada.

La mediocridad política es incómoda para los profesionales de la política porque no necesitamos salvadores de la patria, y le pone difícil a los periodistas la tarea de vender muchos periódicos o tener muchas visitas o una audiencia importante que esté con los nervios rotos esperando novedades. Sin embargo es preciso aprovechar las épocas sin guerra, disfrutar del buen clima mientras el país descansa, la sociedad se acomoda y los odios se enfrían. Y porque, como sabemos, en este mundo todo es mudable, y no hay tranquilidad ni buen tiempo que duren para siempre.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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