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AFP
El Senador de Illinois y candidato demócrata con su abuela materna, Madelyn Dunham, después de su grado en Hawai.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile
Seguimos las elecciones norteamericanas como si se tratara de las nuestras. Y no es una mirada simbólica o de interés intelectual. Cuando pensamos en quién será el futuro inquilino de la Casa Blanca, estamos preocupándonos directamente de nuestro propio bolsillo. De nuestra propia seguridad. En este mundo globalizado, quizá tenga más influencia para los chilenos o peruanos o argentinos aquello que hace y decide el Presidente de los Estados Unidos que lo que tienen a bien disponer los mandatarios de Chile, Perú o Argentina.
Lo que hoy estamos experimentando en carne propia en economía, en los tratos con nuestras fuente de trabajo, en el control de pasaportes cuando viajamos, o en la penalización de delitos relativos a las costumbres cotidianas, proviene más de la gestión acertada o desacertada de Bush que de la de nuestros modestos presidentes nacionales.
Esta vez la contienda presidencial norteamericana viene con fuertes señales de cambio. John McCain, cuya pinta es la que debiera tener un presidente de los Estados Unidos, un hombre de pelo blanco y risa tonta, mirada hollywoodense, vestido como banquero y con un glorioso pasado militar, se enfrenta a un candidato del todo atípico, el senador Obama.
Obama parece a primera vista negro, aunque en realidad es mulato, y su origen familiar arrastra las complicaciones exóticas del menú de un food garden contemporáneo: padre de Kenya, abuela y madre norteamericanas, familia disfuncional, infancia en Hawai, educación en Harvard. Nunca se había visto algo parecido en las elecciones del país del norte. Lo más exótico de la situación es que Obama va ganando en las encuestas y se distancia cada vez más de su rival.
Obama es un negro cool, un político de formación académica, alejado de las elites tradicionales del poder norteamericano. Su última novedad ha sido suspender la campaña a pocos días de la elección para ir a la otra punta del mundo, a Hawai, a ver a su abuela enferma de 86 años. Hay quienes consideran que esa señora fue la madre suplente de Obama, y por lo tanto el viaje obedece a razones del corazón. Otros calculan el crédito electoral que puede tener para Obama el ser asociado mediáticamente a una abuela blanca en una campaña donde pudiera haber un voto oculto, no confesado en las encuestas, para el cual resulta inaceptable un Presidente de los Estados Unidos de color.
Con su viaje, el senador por Illinois no sólo estaría haciéndole caso a su corazón, sino que de paso aprovecharía para publicitar sus buenos sentimientos, su pertenencia a una familia y su porción de sangre blanca. Hay que tener en cuenta que la retórica republicana se ha centrado en la descalificación de Obama, afirmándose que no está preparado para ser Presidente, que no podrá manejar una crisis, que tiene amigos terroristas, que es árabe, en fin, que no es uno de los sólidos muchachos de piel blanca y ojos azules pertenecientes a la elite anglosajona y protestante.
Esos buenos muchachos que han sido casi todos los presidentes norteamericanos de las últimas décadas han intervenido sin piedad en muchos de nuestros países latinoamericanos, financiando golpes de estado sangrientos, tratándonos como a basura y haciéndonos tragar la parte más amarga de las crisis económicas. En una confusa mezcla de admiración por los jeans o las zapatillas deportivas, maravilla ante las grandes empresas tecnológicas, miedo a los agentes de la CIA o a la DEA, rencor respecto a quienes jamás se han detenido un momento a ver cómo somos y qué pensamos, los latinoamericanos hemos ido construyendo lentamente una relación retorcida. A los gringos los amamos, los odiamos, los resistimos y los seguimos. Nos gustan sus películas. Contemplamos cómo se trata despectivamente a nuestra gente cada vez que el argumento lleva a Harrison Ford o a Angelina Jolie a tierras latinoamericanas. Los latinos de las películas aparecemos como seres risueños, primitivos, torpes, feos, sucios, exóticos, ardientes, violentos, retrasados, católicos, ridículos y penosamente simpáticos.
Pero vamos observando también que en Hollywood y en las series televisivas empieza a despuntar lo hispano no ya como una marca ridícula, sino como una variedad étnica. El food garden global nos ofrece hamburguesas, pizzas, hot-dogs, ensaladas griegas, tapas, tacos y burritos. En ese food garden también tiene su local la extraña familia Obama, y en ese sentido Obama es uno de los nuestros, con su abuela blanca y su padre kenyata. Obama representa una nueva oleada multicultural, donde las centralidades han variado y el polo dominante no es ya el que fue siempre.
De tal manera que somos "obamistas" aunque no sepamos del todo en qué puedan consistir el medicare o el tema energético petrolero en los Estados Unidos. Como súbditos lejanos y sin derecho a voto del imperio, como una versión moderna de los antiguos ilotas espartanos, nos reconocemos en este señor que abandona actividades cruciales de su campaña para ir a ver a su abuela hawaiana. Si los norteamericanos deciden hacer un cambio, es seguro que el cambio nos llegará también a nosotros.
Terra Magazine