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Según Juan Guillermo Tejeda, los candidatos a la presidencia piensan que para triunfar es preciso ser joven, guapo y bronceado.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile
Ahora todos en la política chilena quieren ser como Barack Obama, tener su estilo, su mensaje, su arrastre y hasta el color de su piel. Hay un profundo deseo obamero, una cosa aspiracional de los contrincantes locales a la presidencia que piensan que para triunfar es preciso ser -como lo formulara Berlusconi en su estilo guasón- joven, guapo y bronceado.
Los chilenos somos algo perezosos para pensar y muy dados a la imitación. Así es que, pese a nuestro pasado y presente tan racista, aunque aquí entre nosotros lo rubio ha sido siempre mejor considerado que lo moreno, se impone con fuerza la moda Obama. No importa que las suegras sigan prefiriendo a los yernos de piel pálida y ojos azules, o que los cazadores de talentos empresariales -head hunters- se decanten más bien por los apellidos tradicionales o por quienes tienen cuenta en un banco que no sea el Banco del Estado. Igual nuestros candidatos presidenciales están en trámite de obamización acelerada. Incluso Lavín se considera a así mismo un precursor, un obamoide, un Barack de hace unos años, que también ofreció cambio -change-, y además dejar de lado las peleas políticas. A lo mejor Obama le está copiando al buen Joaquín, quizá le imitó la sonrisa, la buena onda, la inspiración, la nueva forma de hacer política.
Con todo, ser afroamericano no es algo que se pueda improvisar. A Piñera, aunque es moderno desde el punto de vista del flujo de caja y la transacción outsourcing, le sobran algunos años y demasiados millones y un buen pedazo de la UDI para ser la encarnación de Barack Obama en versión derecha o centroderecha. Y lo cierto es que no ha hecho gran cosa por ganarse la confianza de los demás. ¿Le compraría usted un auto usado o un avión usado o una billetera usada a Piñera? En el terreno conceptual Obama se reduce a cuatro o cinco ideas bien formuladas y aplicadas con soltura en diversos contextos. En cambio Sebastián tiene tantas ideas que uno no logra saber cuáles son, en su cuenta corriente hay ideas de San Pablo, otras del presidente colombiano Uribe, algunas de Jaime Guzmán, también de Berlusconi, de Sarkozy, del Padre Hurtado, de Kennedy y de quien caiga en su radar omnívoro..... Si Obama se ve algo flaco y desganado para comer, Piñera no pierde el apetito y cada día amanece con los dientes dispuestos a morder la presa que se ponga a su alcance.
Tampoco pierde el apetito el pobre Insulza, un candidato de peso que no acaba de calzar. Y es que Insulza, hombre del aparato político, con buena llegada a los medios y al sistema económico, ministro de casi todo y de casi todos, necesita calzar, requiere una posición favorable de los astros para hacer su entrada. Nunca se ha ganado una elección. Es un político de amigos, de buenos amigos, de redes sociales. No es como Obama, que apareció vaya uno a saber por donde, colándose por las rendijas.
En cuanto a las diferencias entre Frei y Obama, son ostensibles. Cuesta imaginar una versión de Frei en mulato, quizá la Martita esté un poco, muy poco, más cerca. Frei es hijo de presidente, y su parentela política es considerable, gente católica y de clase media, como corresponde, y no esos extraños familiares que Barack ha ido dejando en Kenya o en Indonesia o en Hawai. Obama es cambio, y Frei es un hombre cuya virtud es ser siempre el mismo. En fin, no hay para qué seguir. A cada cual lo suyo.
Nos queda Lagos, que fue, hace ya años, un obamilla local. Se la jugó entonces como se la está jugando el mulato, y entró a la política, también, desde la mirada intelectual. El problema son los años transcurridos, el uso, el desgaste, aquel dedo legendario que ya no sabemos hacia donde apunta. A Lagos lo retan además mucho por el Transantiago. Y uno no lo ve para nada como un outsider, como alguien que va a refrescar la política palaciega de la capital. Su nuca ha crecido, sus modales son cada vez más impacientes, y aquellos deseos imperiales de ser nombrado candidato a la manera de un monarca que recupera el trono no tienen nada que ver con el infinito camino que ha recorrido Obama para lograr la nominación y luego ganar las elecciones. Sus precondiciones son un poco irritantes, y su manía por ordenar artificialmente a sus huestes no caen bien.
En fin, nuestros muchachos, al menos por ahora, no dan para Obama. Obama jamás tuvo que reinventarse: sólo se reinventan las viejas de piel marchita o los divorciados, o los cesantes. La carne blanca y suelta de nuestros mandamases de siempre es una sustancia muy diferente de la morena piel del presidente electo de los Estados Unidos. Tienen cada cual sus méritos, eso es evidente. Pero hay en Obama una capacidad de reformulación, una invención de ideas, un amor al riesgo que ha revolucionado el mapa electoral norteamericano. Y aquí, en Chile, estamos bien como estamos, con nuestro racismo de siempre, con ideas envejecidas, sin riesgos raros, con esta democracia almidonada que no deja de tener un poco de olor a pedo rancio.
Terra Magazine