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Transantiago y catástrofe

AFP
¿Puede ser considerado una catástrofe el Transantiago?

Juan Guillermo Tejeda Santiago (Chile)

Catástrofe es la palabra que primero aparece cuando se habla del dos por ciento del presupuesto al que constitucionalmente el Gobierno puede recurrir cuando algo va realmente mal. Ese ítem presupuestario se ha usado anteriormente, y pocas veces, para combatir plagas de insectos, terremotos o inundaciones, es decir fuerzas incontroladas de la naturaleza.

¿Son las micros o buses de Santiago una fuerza incontrolada de la naturaleza? ¿Puede ser considerado una catástrofe el Transantiago?

Pese a todo lo que le ha llovido encima al desdichado sistema y a las pasiones que desata, lo cierto es que el Transantiago es un sistema ni demasiado bueno ni demasiado malo. Los santiaguinos nunca hemos conocido un sistema grato de transporte público. Es más, esta ciudad jamás ha sido dirigida claramente por nadie en su desarrollo y eso explica la ausencia una política integral en este tema. O sea que aquí cada cual demuele o construye el edificio o el condominio o el mall de sus amores, y así vamos avanzando hacia lo que resulte. Lo que resulta es un caos, y a ese caos hay que aplicarle transporte. Esta situación caótica de la ciudad de Santiago es quizá la primera patita de la catástrofe.

La segunda pata de la catástrofe es la resistencia de la derecha postpinochetista a modificar sus esquemas mentales en cuanto a lo que debe ser o no público. El sistema de micros amarillas que añoran Hermógenes Pérez de Arce y otros pensadores ofrecía la belleza de la selva neoliberal con todas sus ramas y flores: su propina es mi sueldo, vamos corriéndonos por el pasillo, bajar por la puerta trasera, le paro a media cuadra mijita, y la micro ya hace rato que no pasa por la avenida Las Torres. Belleza pintoresca que dejaba a dos tercios de la población de Santiago librada a la indignidad de un transporte tercermundista. Poner pensamiento y dinero público en el transporte del sector B, C1, C2 y C3 es, para nuestra derecha, una traición a la gesta de rectificación histórica del general Pinochet. Un sistema como Transantiago que pretende unificar a la población de Santiago en un solo segmento interclasista e intermodal es ideológicamente insoportable. No es posible que el populacho inunde el Metro con sus olores poblacionales. No somos Europa, no lo seremos jamás. Nuestro norte es Sudáfrica, pero la de antes. O Rodesia. El modelo chileno es intrínsecamente segregacionista, y basta ver a la educación o a la salud o a los barrios o a lo que sea para darse cuenta de ello. Pero además de ello nuestra derecha se ha embarcado en la estrategia del desalojo, que consiste en encontrar siempre todo muy, pero muy malo, y además irregular, y en ese frenesí el Trasantiago ha sido un regalo del cielo.

Si nos faltan aún más ingredientes para la catástrofe, vamos a Ricardo Lagos, que figura hoy merecida o inmerecidamente como el culpable de todo lo que no nos gusta. Su decisión de meterle mano a la ciudad por medio de las autopistas urbanas y del transporte público era parte de su diseño republicano. Sin embargo debía consensuar esas ideas con una derecha segregacionista. Para convencerlos, ideó a Transantiago como un híbrido en el cual las empresas operaban el sistema y el estado lo regulaba, yendo el resultado a beneficio de los ciudadanos. No es el sistema que se usa en los países más felices que el nuestro, que prefieren tener una empresa pública que dependa del gobierno urbano. Pero como en Santiago no hay gobierno urbano, y la sola idea de una empresa pública hubiera erizado los pelos de todos los senadores de la Alianza, de sus cónyuges, sus cuñados militares y sus yernos empresarios, hubo que inventar Transantiago.

Los bordados finales los puso, voluntaria o involuntariamente, el desinflado gobierno de Bachelet, que no ha tenido la pericia necesaria como para administrar esta bomba de tiempo y por fases que es el Transantiago. Era necesario superponer en este tema una mirada técnica, una mirada política y una mirada ideológica, y hacerlo todo con mucha transparencia hacia el país, con un sistema fluido de comunicaciones. Pero no se han dado las cosas.

Transantiago flota sobre una plaga de ideas añejas neoliberales y segregacionistas que aunque derrotadas en todo el planeta siguen vigentes entre nosotros. Transantiago nos tiene ante una inundación de actores presidenciales, ministeriales o parlamentarios, seres habitualmente ausentes en un tema de esta naturaleza: para eso existen en todas las grandes ciudades los gobiernos urbanos. Transantiago pudiera ser un terremoto político, porque está sirviendo de pretexto para desafiar al gobierno desde un parlamento que por las fugas de parlamentarios díscolos obedece ahora a una derecha minoritaria que no gana una elección desde hace medio siglo. Todo esto tiene bien poco que ver con el transporte público de la ciudad de Santiago. Pero así son las catástrofes.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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