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Acerca de las reclutas fotografiadas y el sexo mediático

Reproducción
Una de las imágenes menos comprometidas que desataron el escándalo del Regimiento Logístico Nº 3, de Limache.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Tres reclutas mujeres que sirvieron el año pasado en el Regimiento Logístico Nº 3, de Limache, han aclarado ante los medios algunos aspectos del incidente en que se vieron envueltas cuando algunas fotografías suyas en poses erótico-humorísticas fueron subidas a Internet. Las jóvenes posaron vistiendo -o desvistiendo- el uniforme del Ejército, con los pantalones abajo, simulando posiciones amorosas, apreciándose incluso las insignias del batallón y sus respectivos nombres en las pecheras. Aseguran las muchachas que sienten un gran respeto por Ejército, que no son lesbianas, que hicieron la sesión para pasar el rato, como recuerdo, y que jamás pensaron que el material fotográfico sería subido a la Web. Además, dicen haberse sentido muy bien tratadas mientras hicieron su servicio militar.

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Este modesto escándalo se agrega a otros muchos parecidos. Fotografiar lo erótico, lo genital, aunque sea en broma, incluso si se trata de fotografías caseras donde los o las modelos son los o las fotógrafos o cineastas, configura habitualmente un escándalo, sobre si todo si el material llega a Internet. Y se pregunta uno cómo es que, habiendo dejado el sexo de ser una actividad pecaminosa para transformarse en un aspecto más de la vida, se condena severamente la circulación de una foto o un video erótico. Si lo sexual es bueno y saludable, si lo genital está de moda, si el cuerpo es el nuevo ídolo de nuestra cultura, ¿por qué se sigue considerando que su representación es algo asqueroso y delictivo? Más aun cuando los rasgos policiales con que la sociedad enfoca a lo sexual parecen cambiar de estilo: en la nueva modernidad globalizada es preciso tener una vida sexual activa, y si ello no ocurre se convierte a la persona en paciente (se le supone enferma), sometiéndosele de inmediato a una terapia sexual o psicológica.

En fin... Quien no tiene vida sexual es un enfermo o una enferma, y quien la tiene y además la filma es otro enfermo o enferma. Que no falten los médicos, los psiquiatras, los policías y los jueces, y si estamos con ganas, algún cura: lo que cuenta es intervenir las conductas individuales cuando de lo sexual se trata.

La puerta del escándalo sexual suele abrirse en un ambiente de pánico: la gimnasia erótica debe ocurrir fuera de la vista de los demás; cuando los ejercicios son filmados o fotografiados entramos de inmediato en la calificación de material pornográfico, lo que huele a sucios negocios mafiosos que conducen, por cierto, a la perversión de menores, la pedofilia, el tráfico de niños, la prostitución, la descarga de material ilegal y otras barbaridades. El flujo incontenible de lo sospechoso convierte a los protagonistas de estos sucesos en seres malditos, a los que los medios pueden basurear alegremente: todo vale si hay que aumentar el rating.

Lo sexual, en nuestra sociedad, es mirado con muy poco respeto. El enfoque habitual en los hogares, los colegios, las empresas o las instituciones suele ser una mezcla de desatención (la existencia humana es asexuada) y severidad (drásticas medidas judiciales en contra de masturbadores, copuladores, exhibicionistas, saunistas o pedófilos). En la zona intermedia que suponemos debe existir entre la indiferencia y del castigo no parece haber espacio digno para nadie. Todo ello ocurre en un ambiente altamente erotizado por las imágenes publicitarias y de entretenimiento que son la columna vertebral del mercado.

Más allá de esta extraña arquitectura social, el sexo existe y es parte fundamental de nuestra identidad, de la identidad de cada persona, incluyendo a los parlamentarios, los jueces, los militares, los curas, las profesoras, los psiquiatras, los choferes de Transantiago, las liceanas, los suegros, los niños y los censores. Una sociedad visual como la nuestra, donde cada pequeña actividad y cada centímetro de calle o casa se representa una y mil veces en archivos digitales que flotan en Internet, no tiene más remedio que dejar entrever, también, la sexualidad: como ocurre con los asados, los cumpleaños, las palizas, los robos, las torturas, las ejecuciones, las pichangas, los accidentes, las vacaciones y tantas otras cosas.

En el caso de estas reclutas de Limache, la contradicción que genera el escándalo tiene que ver con la aparición en un mismo set de imágenes de los uniformes y símbolos de una institución como el Ejército junto con los modos o trozos de cuerpo que son propios de lo erótico. Probablemente, el caso tenga más que ver con el uso del uniforme que con el despliegue de la sexualidad juvenil.

Los controladores de la sexualidad están obsesionados en verdad no por el sexo, sino por el control, por una cuota miserable de poder: el terreno sexual es siempre fácil de intervenir, en la medida en que se trata de un área de la vida muy directamente instintiva y a la vez cargada de significaciones diversas. Lo erótico es frágil y necesita de microclimas.

¿Es malo el sexo? Si estamos seguros de ello, condenemos entonces los videos explícitamente sexuales, y condenemos también la actividad sexual: dejemos que la especie se extinga, si es que de eso se trata. ¿Es saludable el sexo? Entonces respetemos a cada cual su libertad para operar en ese terreno, entendiendo por cierto que se trata de respetos recíprocos, de libertades vinculadas, como ocurre con todas las actividades de nuestra vida. Hagamos nuestras cosas sexuales sin causar sufrimiento a otros, enriquezcámonos sin abusar, andemos en auto sin atropellar ni a mayores ni a menores de edad, comamos o bebamos sin irritar al prójimo, amemos sin destrozar la vida de los seres amados, seamos padres y madres sin traumatizar a nuestros hijos, construyamos edificios sin arruinar la ciudad...

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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