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Los deudores chilenos, en pie de guerra

AFP
Los deudores habitacionales chilenos quieren el perdón de sus deudas, al igual que el Estado decidió hacer con los bancos.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Anuncian los deudores habitacionales chilenos que merodearán en lanchas alrededor de la casa de vacaciones de la presidenta Michelle Bachelet, para ver si le arruinan así el descanso anual. Ello configuraría un episodio, una noticia, y todo recurso parece ser bueno con tal de que su causa aparezca en los medios.

Los deudores se han organizado para defenderse de lo que consideran un maltrato por parte del mercado, la sociedad y el Estado: consideran justo que parte o la totalidad de lo que deben pagar por convertirse en propietarios de una vivienda les sea perdonado. El punto es discutible, sin duda. En su contra está el argumento de que hay muchísima gente, de altos, medios o bajos recursos, que no tiene más remedio que ir pagando sus deudas, por desagradable que ello sea. Así es el sistema, igual para todos. A su favor figura, sin embargo, el borrado mágico de la deuda subordinada que arrastraban los bancos con el estado: de la noche a la mañana esos millones adeudados simplemente desaparecieron de la contabilidad gracias a una decisión política del gobierno de Frei hijo, y la banca superó así sus dificultades. También muchos estudiantes universitarios se han visto beneficiados por una reprogramación o por la condonación de sus deudas. Tiene cierta lógica que a la vista de estos ejemplos los deudores, que son gente de escasos recursos, soliciten algo parecido para ellos.

Lo que no parece sensato, sin embargo, es el modo como están haciendo escuchar su voz. Se trata de los modales. Como una estrategia sistemática, los deudores acosan a la Presidenta o a los ministros o ministras, y practican el deporte de hacerles una funa, es decir, una especie de denuncia o humillación pública. Aparece el personaje de gobierno a inaugurar alguna cosa o a lanzar sus discursillos y allí caen como fieras los deudores, reventando el acto, chupando cámara, impidiendo hablar. Se va la dama a veranear unos días al sur del Chile, y ellos pretenden aparecer por la playa para arruinarle un poco la vida. Naturalmente que la presidenta no se va a sentir proclive a ordenar detenerlos: estamos en un país democrático, y el gesto sería mal visto. Pero al mismo tiempo el poder de representación de que ella goza en razón de cargo -poder que a todos nos pertenece- se ve menoscabado por el sencillo hecho de que los manifestantes irrumpen donde no deben, sobrepasan cualquier barrera, le quitan el micrófono, la anulan físicamente. El diálogo democrático de se ve reemplazado por la ocupación violenta de los espacios, por el grito, el empujón, el insulto, la chacota.

Importa en una democracia que cada cual pueda hacer oir su voz. Pero también es relevante respetar a los que van a decir algo. El sistema o antisistema de interrumpir, boicotear o abuchear, no de vez en cuando por algún desborde coyuntural, sino como una modalidad fija, quiebra los protocolos de una convivencia civilizada. Pero se trata de eso, precisamente, de quebrar protocolos, de demoler la civilización. En lugar de protestar, se trata de acosar. En vez de dialogar, lo que cuenta es anular al otro, inundarlo, desesperarlo.

Ciertos programas de televisión tipo Caiga Quien Caiga utilizan un formato similar. Los sonrientes conductores caen con su micrófono y una cámara sobre cualquier político o política, quien sabe que a partir de ese entonces su imagen será objeto de todo tipo de escarnios que deberá soportar con paciencia infinita. Los chistosos lo someterán a algo así como un manteo televisivo, un columpio, en esos formatos abusadores que tienen mucho de pandilla o de bullying. Las imágenes, sabiamente editadas, harán del infortunado o infortunada el hazmerreír semanal del país. Por lo tanto vemos al ministro sonriendo, sonriendo, sonriendo con la boca mientras que en sus pupilas se pintan la alarma, la rabia, la frustración y la desesperación. Los abusivos también se ríen, pero con algo diabólico en los dientes: pueden acosar a las figuras públicas porque se sienten protegidos por la democracia.

Polibio de Megalópolis llamaba oclocracia a la degeneración populachera de la democracia. Son siempre estos aparentes demócratas quienes fuerzan el juego hasta hacerlo perder su sentido. Y más tarde, cuando la democracia se pierda o se restrinja, no van a estar ellos para dar la cara. Hay un izquierdismo populachero, tal como existe también, por cierto, un derechismo populista, y ambos métodos son hermanos en su desprecio por las trabajosas y sin duda mediocres fórmulas de la convivencia civilizada. La convivencia es el arte de la negociación, y los absolutos no son posibles en la transacción política.

Para estos grupos, sin embargo, lo que cuenta es hacerse oir, dejarse ver. Sus motivos son tan importantes que todo lo demás debe dejar de tener importancia. Narcisistas políticos, egocéntricos de la ciudadanía, oportunistas mediáticos, buscan recalentar los ambientes a ver si así cunde el pánico y logran un primer plano. Se sienten depositarios de todos los permisos, de todos los derechos. Vengan los empujones, los escupos, las invasiones, las burlas, las capoteras. Viva la risa. Arriba el espectáculo.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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