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Wikimedia/Gentileza
Joaquín Lavín, el polémico simpatizante de Pinochet, de la derechista Unión Demócrata Independiente.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile
Desmarcándose de las posiciones oficiales de su grupo político, Joaquín Lavín ha dicho que corrupción puede haber en todas partes (una afirmación del todo sensata), que la acusación en contra de la infortunada ministra de Educación Yasna Provoste es más política que jurídica (así parece) y que en la Alianza debiera haber un arcoiris de opiniones. La respuesta a sus dichos ha sido no con opiniones, sino con descalificaciones: Marcela Cubillos lo ha tratado de ignorante, Evelyn Matthei lo ha invitado a abandonar la Unión Demócrata Independiente (UDI) y Carlos Larraín observa que estas actuaciones distraen el trabajo opositor.
Respecto a la libertad de opinión, nuestra derecha la permite, siempre que se trate de la opinión del Jefe o de su -digamos- Comité Central, un poco en términos leninistas. Nacida en la lucha en contra del marxismo leninismo, la derecha chilena se contagió un poco de este espíritu -es lo que pasa en toda batalla, que los enemigos terminan igualándose-, y en su seno se considera que cuando alguien opina diferente debería desaparecer. El exterminio, el exilio, la expulsión, la descalificación, el ninguneo... Son grados diferentes de una misma actitud mental.
Pero el arcoiris es algo que nuestra moderna derecha no conoce. Su actual conformación deriva de la dictadura, y es en la dictadura cuando sus jefes se sentían más satisfechos: un país ordenado donde los titulares de los periódicos eran todos iguales y se redactaban cada tarde en la Secretaría General de Gobierno; un país en que las leyes las hacían pequeños grupos de amigos preferentemente de uniforme y donde la administración del estado obedecía a jerarquías castrenses. Este espíritu ha sido trasladado al terreno actual de la democracia, y eso no acaba de gustarle a nuestros derechistas: demasiada discusión, mucha lentitud para tomar decisiones, emergencia de temas y grupos no contemplados por su catecismo como por ejemplo mapuches, ecologistas, colectivos homosexuales, escolares, etc., y manejo de las reparticiones públicas no por amigos de ellos sino por gente de partidos socialistas cuyos apellidos poco conocidos en la buena sociedad hace sospechar que son, evidentemente, corruptos. Cada cierto tiempo viene el desagrado de las elecciones, y ellos lo han paliado un poco mediante el sistema binominal, que permite un precocinado de candidatos a base de cupos, dejando el resto en manos de agencias de publicidad que distribuyen pendones, palomas, llaveros, globos, camisetas y otras tonterías.
Cuando había claramente un Jefe, el arcoiris monocolor derechista se ordenaba alrededor de éste. Primero fue Augusto Pinochet, posiblemente mucho tiempo lo fue Jaime Guzmán, luego vino Lavín y ahora es Sebastián Piñera. El Jefe es Jefe porque tiene más poder, le va mejor en las encuestas, es más millonario, o ejerce una influencia decisiva sobre los que tienen el poder. Ante el poder, la derecha siempre se cuadra. Es un Jefe al que nadie se le atreve, y eso tiene la ventaja de que no hay que pensar. Entonces ve uno a nuestros derechistas fraseando idénticamente las opiniones, y llevando a sus medios de comunicaciones ese fraseo.
Contra cualquier dato objetivo e internacionalmente homologado, Chile aparece en ese fraseo como un país de pesadilla, hundido en la corrupción. Nuestra derecha se dedica a aplicar tenazmente esa idea, y hete aquí que sale Lavín con una opinión un poco diferente. Cunde el pánico, porque el Comité Central de la derecha lleva uniforme y trabaja con ideas uniformes, y al Jefe, el que se sea, no le gustan las distracciones. ¿Qué hacer con un auténtico derechista pinochetista como Lavín que sin embargo piensa distinto? Enojarse mucho con su atrevimiento, expulsarlo, tratarlo de ignorante, decir que está convirtiéndose en un obstáculo, deshacerse de él.
Nuestra derecha es aún un internado, un pequeño cuartel militar, una orden religiosa. Parecen estar preparados para gobernar en algunas áreas, pero en lo que respecta al pluralismo no sólo les queda mucho camino por recorrer, sino que tienen pendiente hacer un cambio de mentalidad, trabajar con un nuevo tipo de cabeza, una cabeza globalizada, liberal, a la altura de los tiempos. Pero la cabeza -la psiquis con todo su potencial de imaginación, de inteligencia, de creatividad, de libertad, de crítica- ha sido siempre para nuestros derechistas algo secundario, o incluso inquietante, algo que hay que cerrar, comprimir o, llegado el caso, decapitar.
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Terra Magazine