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Bachelet: mitad de mandato, mitad de popularidad

AFP
La presidenta chilena Michelle Bachelet dando un discurso en el Palacio de la Moneda.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

La mitad de su mandato ha consumido Bachelet a cargo del gobierno de Chile, y más o menos a la mitad ha bajado su popularidad inicial. Aunque el país en general funciona bien, crece económicamente a un ritmo considerable, está correctamente evaluado en casi todos los indicadores internacionales sobre políticas públicas y no atraviesa convulsiones mayores, la percepción que cunde es de debilidad, de gusto a poco.

Da la sensación de que a la Presidenta y a su equipo les pasaron un Audi y van a devolver un Lada o un 600, donde se sienten más a gusto. Algo como que se les achica y se les diluye en su actuar político de cada día. La debilidad se les nota en el modo como los basurea la oposición: quienes integran el gobierno de Bachelet son descritos a menudo como un puñado de ineptos o de corruptos, y la crítica incluye en el combo a la administración de Lagos.

Si atendemos a la pesadilla descrita literariamente por Larraín & Larraín mediante cuñas diarias de medio minuto, el país está en manos de una gentuza corrupta que no sabe hacer nada bien y es culpable además de los maremotos, de que llueva poco, de que se tambalee el dólar y finalmente -faltaría más- de que Chile sea un país injusto con los pobres.

Hasta ahora Bachelet responde diciendo que no hay para tanto, que no es tan así, que le ha costado mucho, que es por ser mujer, que Transantiago está mejorando, en tanto que cada ministro o seremi o jefe de repartición sospechoso -todos son sospechosos- trata de explicar por qué esto no funciona tan bien como en Alemania o Canadá, caramba. El empeño de ella -su target- es ser buena con todos, y eso es un trabajo difuso, fatigoso y que no termina jamás porque la gente es insaciable y si se da cobertura a 152 enfermedades con el plan Auge todos queremos 168 o 499. Somos humanos.

La actualidad política nacional consiste en que cada mañana, en contrapunto con el verso lírico de los Larraín, aparecen unos diputados Monckeberg, muy enojados y peinados, a retar a los ministros o ministras y a denunciar irregularidades sobre las cuales prometen entregar antecedentes con letra chica y muy chica.

Las irregularidades y los antecedentes se los entregan a la Contraloría, que a la derecha le gusta siempre mucho, y ahora incluso tenemos el caso de que se han recabado antecedentes que permiten suponer serias irregularidades en la propia Contraloría. Contralorín contralorado, un contralorcillo de allí ha sido sorprendido recibiendo pagos de una empresa que mantiene tratos con diversas municipalidades.

Más que políticas públicas o indicadores de desempeño, lo que resuena en las salas un poco vacías del gobierno de Bachelet es mucha acusación de irregularidad, gran cantidad de antecedentes, y unas respuestas débiles, unos gemidos casi inaudibles por parte de ella y sus ayudantes. Como que sufren, encuentran que es injusto y a uno le da un poco de pena.

Quizás la fuerza de Bachelet sea esa, su debilidad, su incapacidad de pararle el carro con fuerza a esa politiquería barata que consiste en encontrar que cuando un formulario en nueve copias no coincide con otro estamos sumidos en la corrupción, o en transformar mecánicamente una irregularidad en una presunción de delito y una presunción en un delito sancionado.

Ella, sin acertar a espantar las moscas, nos da un poco de pena, y entonces la queremos. Y no es que no haya corrupción, seguro que la hay, como existen delitos, o enfermedades o desastres naturales o cifras negativas en algunos rubros. Hay mucho mando medio apernado, se perciben trenzas, familias, cuñadas, corleones chicos y grandes: es lógico después de tantos años de gobernar la misma coalición.

Lo que aburre un poco es la falta de sustancia o de proyecto de nuestra oposición detrás del cargoseo sobre Bachelet. ¿Se trata acaso de fiscalizarlo todo hasta llegar a una pesadilla universal de comisiones y fiscales investigando día y noche a los bomberos, a los carabineros, a los profesores, a los cirujanos, a los diputados, a las senadoras, a los contribuyentes, a los curas, a las malabaristas, a las colegialas? ¿Convertiremos a Chile en una gestapo portátil, en un ojo mágico multiplicado que observe cada uno de nuestros actos a ver si hay irregularidades -nada es regular en la vida- y así armar una carpetita con antecedentes -todo viene antecedido de otras cosas- respecto a cada funcionario, empleado o persona común y silvestre? No se entiende bien cuál es el proyecto que emerge de la sospecha fiscal como estilo de vida, salvo reemplazar al estado por una empresa y a los políticos por gerentes o militares. Ya se hizo ese ensayo en Chile y aún nos estamos contando los cadáveres, las lesiones corporales y las cuentas o ventas fuleras.

Uno sospecha quizás que Bachelet no manda demasiado, que quienes realmente detentan el poder son por un lado Lagos desde su aura republicana y ahora planetaria, y por otro la trenza aristocrática y modernocrática de la gente influyente. Por eso es que la mitad de la acidez opositora se vierte no tanto en contra de Bachelet, a la cual como es débil hay que pegarle más despacio, o sea pellizcarla apenas un poquito, sino que van a por Lagos, a devaluar su acción y hundir su imagen. Lagos, aunque le cuesta, se ha propuesto evaporarse, jugar a la escondida, elevarse a los cielos infinitos.

Lleva dos añitos la Presidenta, y le damos ánimo mientras sentimos como recibe los chirlos. Le cuesta, quizás porque no estudió para esto, o porque se deja asesorar mucho por Escalona, que tiene una cara poco moderna, escasamente globalizada y tiende a ser un reducidor de situaciones, un activista aún animoso de la guerra fría y la trinchera ideológica.

En fin, a medio camino de su mandato se permite ahora Michelle Bachelet pensar ya en su futuro, en abrir su corazoncito de nuevo al amor, para cuando no sea ya ella -como insisten en predicar cada día los periódicos y la tele- la responsable de los terremotos ni de los innumerables errores que cometemos diariamente los erráticos chilenos en todo orden de cosas.

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