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Provoste llora, el Senado sonríe y Bachelet sufre

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La ex ministra de Educación de Chile, Yasna Provoste Campillay.

Juan Guillermo Tejeda
Santigo, Chile

Puede decirse que el Senado de nuestra República es, desde la destitución de la ministra Yasna Provoste, una segunda sede del Poder Ejecutivo: son ahora los senadores y las senadoras de Chile quienes tienen la potestad para tumbar de su cargo a cualquier ministro aduciendo -entre otras causales- incumplimiento de la ley. Existe una mayoría opositora que así lo permite, y que además de ello ha demostrado que está dispuesta a hacerlo.

Los motivos aducidos en las acusaciones podrán ser más abstractos o más concretos, más justos o menos justos, pero el caso es que ante la Cámara Alta deben cuadrarse los ministros, si no quieren ser no sólo despedidos sino además inhabilitados para desempeñar cargos públicos y eventualmente ser sometidos a proceso. En lugar de tres poderes, el estado chileno tiene ahora algo así como dos y medio. Bachelet manda ahora menos a sus ministros de lo que los manda el Senado. De regreso de su viaje a China, ella se está dando cuenta de que una parte considerable del poder que hasta ahora tenía se ha evaporado. Los chilenos votaron por la Concertación, pero desde la destitución de Yasna no es ya la Concertación quien gobierna.

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En cualquier país europeo, la fuga de los colorines hacia la oposición habría hecho caer al gobierno y probablemente se habría llamado a elecciones anticipadas. De ese calibre es la inestabilidad que, de modo subterráneo, se ha instalado desde este momento en nuestro sistema político. Inestabilidad, porque mientras los ministros no podrán ya gobernar sin estar sometidos a la sombra de una eventual acusación, los senadores tampoco tienen atribuciones para conducir los ministerios. De modo tal que lo que cabe esperar es, o una paralización progresiva de la actividad gubernamental, tratando los ministros y ministras de pasar inadvertidos, de no hacer nada que pueda irritar a nadie, o bien una suerte de gobierno de coalición en la sombra, haciendo la Concertación sólo lo que a la Alianza y a sus nuevos socios les parezca correcto.

Que en un país presidencialista como Chile controlen el poder los parlamentarios es un asunto complejo, sobre todo cuando entre ellos prima más la idea del desalojo que la de la negociación. Si lo que se persigue es desestabilizar la labor del Gobierno, tal cosa abre la puerta a dos años de guerrilla de desgaste mediático y paralización política que pueden ser agotadores.

Pero en fin, nuestros ojos de espectadores están más pendientes de los detalles humanos: si lloró Yasna o no lloró, si sonrió o no el senador Arancibia al leer en el diario del llanto de Yasna, o si ha sido ella víctima de lo que algunos senadores de su conglomerado han denominado un poco ampulosamente "muerte cívica". Si ha sido todo el episodio, quizá, una jugada maestra del colorín Zaldívar, o un capítulo más de una estrategia opositora basada en el trato duro. Y veremos en las encuestas de los próximos días o semanas si a eso que se llama "la gente" le gustó o no le gustó la tunda que recibió el gobierno de Bachelet.

La destitución de ministros o es por lo general algo divertido para los que miramos sin pensar mucho en el rodaje futuro del sistema. La caída de cualquier persona poderosa provoca una sensación agradable en muchos, y la paralización de un gobierno abre en cada uno de los chilenos y chilenas ese bichito anarquista y difuso que se parece a cuando los padres no se llevan bien y en la casa nadie está mucho a cargo de nada.

Es posible también que, más en el fondo, estas novedades sean fruto de ciertas transformaciones que han ido ocurriendo en la sociedad chilena, transformaciones sociales, culturales, económicas, que nuestro sistema político nacido del trauma Allende-Pinochet recoge con dificultad. Por sobre la partición del país en clases sociales, que las hay, más allá de los antiguos bandos históricos, pareciera imponerse de a poco una nueva forma de agrupamientos tribales, de conglomerados que buscan respirar sin la faja obligatoria del bipartidismo. Es decir, podemos leer que los parlamentarios ahora llamados independientes, que parecen ser quienes tienen la sartén por el mango son quizás unos oportunistas, o que son ya parte de la derecha. Pero también pudiera ser su protagonismo el primer signo de un reacomodo más profundo de las fuerzas políticas, el síntoma de una insatisfacción creciente con el sistema en que vivimos. Eso está por verse. Por ahora, Yasna llora, el Senado sonríe y Bachelet puede empezar a sufrir el doble de lo que sufría hasta ayer.

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