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La píldora y la guerra religiosa contra el sexo en Chile

AFP
El debate acerca de anticoncepción y aborto está hoy más vigente que nunca en Chile.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

La prohibición que afecta a la píldora del día después es un nuevo episodio de la batalla que desde hace dos mil años se libra entre los creyentes y los deseosos de sexo. El deseo sexual es un hecho de nuestra constitución humana, un hambre natural que preserva a la especie de desaparecer y da espacio al romance, a la literatura, a las canciones de amor, al rock, a las aventuras nocturnas y furtivas, al cruce de géneros, así como a múltiples delitos, intrigas y sufrimientos. Aunque difícil de explorar en su totalidad, la sexualidad tiene causas y explicaciones científicas.

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La fe en un más allá gobernado por la divinidad, en cambio, es una suposición esperanzada que sirve a millones de personas para ordenar sus mentes y sus vidas. Sus liturgias trabajan la suavidad y el recogimiento, así como también la pompa. Poca relación hay entre el mundo de la fe y el mundo de la ciencia.

Es preciso reconocer que, siendo el sexo un llamado de la selva para cada uno de nosotros, nadie pretende que las respuestas a ese llamado sean obligatorias. Es más, en lo erótico cada cual vela por lo suyo y son raros los proselitismos del tipo: "vamos todos a copular", o "seamos todas lesbianas". Lo sexual no necesita de mucha propaganda. En cambio, curiosamente, el cristianismo ha manifestado desde sus inicios una pulsión por convertir a los incrédulos recurriendo a la persuasión, al adoctrinamiento infantil o a las prohibiciones, y si todo ello fallara, a la hoguera. Diríase que la fe, al basarse en suposiciones, quiere suprimir por decreto a los incrédulos, no sea cosa que aquel escepticismo haga perder prestancia a la divinidad.

La guerra santa de la religión en contra de la actividad sexual ha llevado a los teólogos a enfrascarse en sesudas disquisiciones acerca de la moralidad o inmoralidad de algo tan banal como un trocito de plástico que impide al semen masculino mezclarse con el óvulo femenino. La batalla religiosa del condón dejó a los católicos en la rara posición de fomentar en la población el contagio del sida para cumplir así con el precepto de no tener una sola persona diversas parejas sexuales.

¿Por qué no habría de tener alguien -si lo desea, lo consigue y no hace con ello daño a nadie- diversas parejas para disfrutar sexualmente con ellas? Quizá por las mismas oscuras razones que han llevado a la Iglesia a hacerles la guerra a diversas manifestaciones de la sexualidad cotidiana como la homosexualidad, la masturbación, el bikini o el sexo prematrimonial, y también por cierto a prácticas más inquietantes como la pornografía, el aborto, el cambio de sexo o la prostitución. Y conste que no es lo inquietante, sino propiamente lo sexual aquello que concita la ira de los creyentes: el cuerpo sería, para ellos, una sucia morada del alma y la carne, un paisaje donde habita el pecado.

Hoy estamos en otra fatigosa y absurda batalla en contra del sexo. La píldora del día después es un dispositivo químico que acaba con la mórula, esto es, el embrión en sus primeras horas alojado en la paredes del útero. Arguyen los creyentes que aquéllo ya es una persona humana, y que como tal está provisto de los mismos derechos que cualquier ciudadano. Desde la mirada científica las cosas no están claras, porque lo que hay allí es más bien un proceso cambiante, evolutivo, donde es muy difícil afirmar con precisión desde qué instante cobija el útero materno a un ser individual separado de la madre y con vida propia. Por ello es que en la mayoría de las legislaciones del mundo se deja a la madre decidir, sobre todo en casos en que se aprecian hechos de violencia o riesgos de malformación. No desalienta a la Iglesia el hecho de haberse equivocado en prácticamente todas sus previsiones pretendidamente científicas respecto de lo sexual: la masturbación causaba daño irreparable al cerebro, la homosexualidad era una enfermedad, los métodos anticonceptivos equivalían a asesinar a seres inocentes, etc.

Los funcionarios públicos que ofician de jueces, o de ministros de Estado, o de parlamentarios, o de lo que sea, deberían guiar sus actos no por sus intuiciones de creyentes sino por el bien común y por el derecho de cada cual a disponer de su propio cuerpo. No por ser vegetariano un juez va a prohibirle las hamburguesas al resto de la gente.

La guerra contra el sexo existe, ha existido desde hace muchos años, y es un asunto relevante para quienes adscriben a ciertos credos religiosos. Lo sensato es que mantengan ellos esa guerra dentro de los términos de sus propias existencias -tienen pleno derecho y libertad para hacerlo- y se abstengan de emprender una cruzada en contra de los deseos o las certezas de, en este caso, un 70% de la población chilena que no se siente ni en pecado ni en delito por comprar, vender o repartir la píldora del día después.

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