Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Ximena Torres Cautivo

El Chaitén y las lecciones de El amante del volcán

AFP
En ciertas zonas, tanto del lado chileno como del argentino, las cenizas volcánicas acumuladas alcanzaron los 30 cm. de altura.

Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile

Con 125 volcanes activos a lo largo y ancho del territorio, los chilenos deberíamos ser masters en el tema, pero con suerte manejamos conceptos como cráter, lava y magma ígneo. O manejábamos, porque hace poco más de una semana, la naturaleza decidió hacer un violento alarde de pedagógia, en especial con los habitantes de la remota y aislada provincia de Palena. Con ayuda de periodistas y especialistas que en cuestión de días han alcanzado condición de famosos o al menos de nombres y rostros familiares, la ciudadanía se enteró de la existencia del temible "flujo piroclástico", más devastador y mortal que la temida y ahora casi "amigable" lava.

Lea también:
» El volcán Chaitén y los castigos de la Naturaleza

Si el cráter se agranda a causa de la presión del magma que pugna por salir, la llamada columna eruptiva, que ha llegado a alcanzar 32 kilómetros de altura, podría ensanchar su radio y literalmente desplomarse a 100 kilómetros por hora, devastándolo todo, incluido el otrora encantador pueblo de Chaitén, advierten los expertos por televisión. Pasaría lo mismo que en Pompeya, sin sus habitantes humanos, por suerte.

Miro el noticiero. La nota en pantalla muestra a un grupo de chaiteninos que escuchan desolados las opiniones de los vulcanólogos. Luego, para matizar, vienen un par de reportajes de color, con tintes anecdóticos, que hablan del salvataje de mascotas, de la solidaridad surgida a causa del desastre y de acciones para evitar los traumas que el violento desarraigo les podría provocar a ellos y a sus hijos. Miro hacia el lado, conmovida, y por casualidad en el velador me topo con El amante del volcán, una de las buenas novelas románticas que he leído en mi vida. Alguien la sacó de su lugar y la coincidencia no es trivial. La notable novela de Susan Sontag cuenta la historia de Sir William Hamilton, de su celebrada esposa Emma y del almirante Nelson. Fueron las ilustraciones de volcanes del libro de Sir William Hamilton las que impulsaron a la Sontag a escribir este fascinante texto en el que la pasión, las inhibiciones y las contradicciones humanas se cuentan en paralelo con la obsesiva fascinación de Sir William por el Vesubio. Lo tomo y leo al azar: "la montaña se convierte en el cementerio de su propia violencia: la ruina que causa el volcán incluye la suya propia. Cada vez que el Vesubio entra en erupción, un trozo de la cima se desgaja. Pasa a tener peor forma, es más pequeño, más desolado".

La televisión muestra más imágenes. Se trata de las fotos más bellas del desastre; las que muestran una danza de rayos y relámpagos en medio de la nube tóxica. Y el siguiente texto de la Sontag es ad hoc: "naturalmente, lo podemos considerar un gran espectáculo pirotécnico. Hay maravillas hechas sólo para la admiración a distancia, dice el Doctor Jonson; no hay espectáculo más noble que una llamarada. A una distancia segura, es el espectáculo definitivo, tan instructivo como emocionante".

Vuelvo a la pantalla del televisor, donde un recio ganadero, un colono italiano, un hombre obligado a dejar su querencia y sus bienes, se quiebra y llora, abrazado a sus trabajadores. "¿En qué otro lugar podría vivir? Nací aquí...", se lamenta el campesino de piel oscura. "Todo el mundo debe vivir en alguna parte". La cita es al callo. Y al día siguiente, cuando el éxodo es total, cuando la evacuación se ha consumado por ley, con ayuda de la fuerza pública, el libro en la mesita de noche, se vuelve nuevamente clarividente en su notable relato: "Pompeya fue enterrada bajo una lluvia de ceniza, Herculano bajo un corrimiento de barro que se precipitó ladera abajo a cincuenta kilómetros por hora. Pero la lava se come una calle con lentitud suficiente, unos pocos metros por hora, para que todo el mundo se aparte de su camino. También nos da tiempo para que salvemos nuestras cosas, o algunas de ellas. ¿El altar con las imágenes sacras? ¿El trozo de pollo por comer? ¿Los juguetes de los niños? ¿Mi nueva túnica? ¿Los objetos de artesanía? ¿El ordenador? ¿Los pucheros? ¿El manuscrito? ¿La vaca? Todo cuanto precisamos para volver a empezar, son nuestras vidas. No creo que corramos peligro. Avanza por el otro lado. Mira. ¿Te vas? Me quedo. A no ser que llegue... aquí. Ha ocurrido. Se acabó". Se acabó, al menos, de momento. Los chaiteninos puede que ya no lo sean; que de un momento a otro se conviertan en ex chaiteninos, porque el pueblo, como Pompeya, puede desaparecer bajo la ceniza, bajo el techo de material piroclástico, ése al que ahora conocemos y tememos.

¿Hay esperanza? Siempre, dicen que esa nunca muere. Y hay que creer esas frases hechas, porque los libros y la historia contienen verdades que surgen de la experiencia, como esta conclusión que remata el prólogo de El amante del volcán: "Huyeron. Se lamentaron. Hasta que el dolor se hizo también piedra, y volvieron. Llenos de temor reverente ante la rotundidad de la borradura, contemplaron la tierra aplanada debajo de la cual yacía sepultado su mundo. La ceniza bajo sus pies, aún caliente, ya no les abrasaba el calzado. Se enfrió más. Se evaporaron las vacilaciones. No mucho después del año 79 de nuestra era -cuando su fragante montaña alfombrada de vides, coronada por los bosques donde Espartaco y los miles de esclavos que le siguieron pretendieron esconderse de las legiones que les perseguían- reveló por primera vez que era un volcán, la mayoría de los supervivientes se dispuso a reconstruir, y volver a vivir. Allí, su montaña tenía un feo agujero en la cima. Los bosques estaban quemados. Pero también ellos crecerían de nuevo. Un aspecto de la catástrofe: aquello había sucedido. Quién hubiera esperado semejante cosa. Nunca, nunca. Nadie. Es lo peor. Y si es lo peor, es único. Lo cual significa irrepetible. Dejémoslo atrás. No seamos agoreros. Otro aspecto. Único por ahora: lo que ha sucedido una vez, puede volver a suceder. Ya verás. Sólo hay que esperar mucho tiempo".

» Hable con Ximena Torres Cautivo

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español