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AFP
Sebastián Piñera hace dos años, usando unas graciosas gafas con ojos falsos, en algo que puede ser tomado como un presagio de su reciente intervención quirúrgica.
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Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
Después de la "draculínea" aparición de Sebastián Piñera recién operado, "no por vanidad, sino por problemas oftalmológicos", el lunes pasado en La Moneda, tuve una reunión social con amigas. Un happy hour, que le llaman, donde después de las conversaciones insulsas de rigor, se entró de lleno al inevitable tema del día: el recauchaje del candidato-empresario. Insulso también, pero contingente.
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Luego de poner al día a las despistadas, con descripciones cruentas del tipo "tenía los ojos delineados en sangre, venía precedido por unas pupilas dilatadas que llegaban varios segundos antes que él y lo maquillaron con tiza o con esos polvos de arroz que usan las geishas. Realmente se veía macabro", los juicios fueron volviéndose cada vez más críticos, ya sea por lo estético propiamente tal o desde un punto de vista político:
- "Quedó tan mal o incluso peor que don Francisco cuando se quitó la papada y se sacó las bolsas de los ojos".
- "El ojo tipo perro de Hush Puppies es una consecuencia natural del deterioro físico, y es legítimo querer corregirlo, claro que se corre el riesgo de quedar con un ojo abierto y el otro medio cerrado".
- "¿Cómo no programó su operación con más tino, cómo se aparece todo hinchado, todo congestionado, en Palacio? ¿Acaso no ha oído hablar del necesario periodo post operatorio? ¿Por qué nos impone a todos los chilenos el espectáculo de su convalecencia?"
- "Todo el impacto que había logrado al negociar con Pérez Yona y Andrés Velasco, quienes le habrían ido a golpear la puerta para buscar su apoyo frente a proyectos tan complejos como la ley que inyecta mil millones de dólares al Fondo de Estabilización del Petróleo y la aprobación de la LGE, todo su liderazgo se pierde al aparecer por La Moneda con facha de fantasma de la ópera".
Cierto, el liderazgo constructivo que buscaba promover como cabeza y único candidato posible de la oposición (hasta ahora) se diluye y lo único que queda claro es que al "chatito de oro", como lo llamaba su papá, la ansiedad y el atarantamiento lo pierden. Por eso, en lugar de quedarse bien fondeado en su casa hasta conseguir la apariencia buscada, salió casi con las vendas puestas, y quedó listo para figurar con foto en el flamante libro El otro lado de la cirugía plástica, del afamado Héctor Valdés, el Pitanguy chileno. El lujoso volumen -que coincidentemente se lanzó al día siguiente del debut de Piñera como "fantasma de la ópera" en La Moneda- ilustra los casos fallidos de un área de la cirugía cada vez más popular, y las fotografías ejemplificando los yerros provocan fatiga.
Ahora mismo hojeo el capítulo dos, titulado "Las complicaciones quirúrgicas". En él la llamada blefaroplastía, que es lo que se hizo Sebastián Piñera, se ilustra con varias fotos de ojos delineados en rojo. "Hematoma de larga duración, más de 21 días después de una blefaroplastía", dice la lectura de foto. "Pacientes relatan haberse sometido a cirugía de párpados. Todos los casos presentan complicación por resección excesiva de piel". Damos vuelta la página, vemos a un pobre señor con los globos oculares inyectados en sangre. Leemos: "Equimosis secundaria a blefaroplastía". Y los problemas siguen: "Retiro excesivo de piel y bolsas". Agh...
Si la sola lectura duele, imagínense cómo serán las sensaciones del operado. De Sebastián, en este caso, el que se supone que quedó bien, que no ha presentado ninguna complicación y habría pasado por un lirio si, en lugar de exponerse en público, hubiera mantenido el misterio de su milagroso rejuvenecimiento.
Ahora, en vez de caer obnubilada por su mirada tersa y varonil, las audiencias de potenciales electores no podrán olvidar que tiene bastas en los párpados y costuras bajo las pestañas. Todo, por mostrarse antes de tiempo, por quemar la sorpresa en la puerta del horno. Insisto: por más que sus asesores de imagen intenten controlar sus tics, su manía de comerse las uñas, de hablar con citas citables, todo aquello que tan bien supo reproducir Kramer en la Quinta Vergara, no avanzaremos en la conquista del electorado si el candidato no logra controlar su atarantamiento, su impaciencia y su desasosiego.
Lo vimos en su primera experiencia en pos del sillón presidencial. Al final de la campaña, tenía más canas que al comienzo, pronunciaba más palabras por segundo, ya no le quedaban uñas, y se le notaba ciertamente más envejecido y sobre todo mucho más hiperventilado que cuando empezó. Estoy segura que entonces una blefaroplastía no habría sido la panacea, lo mismo que hoy. Ahora, si le sirve para pilotar mejor, bien por él. La duda es si eso contribuye a la conducción del país.
En fin, entre pisco sour y pisco sour, avanzó la noche y a alguien se le ocurrió preguntar: ¿A quién quedó igualito Sebastián Piñera? Las respuestas fueron desde "está exacto a la Lucía Gallo", aludiendo a una conocida socialité nacional, hasta "me recuerda a Christopher Lee en una vieja película sobre el doctor Fu Manchú". Lo que es yo, pienso que la blefaroplastía lucida extemporáneamente refleja que, cortes más cortes menos, Sebastián Piñera quedó igualito a sí mismo.
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