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¿Por qué Cuba no puede ser un país normal?

Wikimedia/Gentileza
El Hotel Nacional de Cuba, en La Habana, visto desde el Malecón.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Si George Bush dimitiera de su cargo para dejarle el poder a su hermano Jeb, o si Lula se hiciera a un lado y pusiera a su hermano José en el cargo presidencial, sonarían en los respectivos países las alarmas institucionales, dejando nulos esos actos y sometiéndose a proceso a los responsables. Serían acciones ridículas, por cuanto un Presidente constitucional carece de la facultad de nombrar a su sucesor. Respecto de Cuba, en cambio, nadie se extraña de la patológica situación en que Fidel, a través de una Asamblea donde los miembros son elegidos con el 98% de los votos y pertenecen todos al mismo partido, deja a su hermano Raúl a cargo de la nave del estado después de haberla controlado él mismo, por sí y ante sí, durante medio siglo. Un formato autoritario y endogámico que se usó mucho en el Imperio Romano o en las monarquías antiguas.

No cabe duda de que Cuba es un país diferente. Un país anormal. Quien haya visitado La Habana podrá dar fe de lo maravillosa que puede ser una ciudad sin publicidad y sin el estrés capitalista. Gente bonita, ambiente erotizante, modelos de autos de la época de Batista, pobreza pero no miseria, belleza urbana y mucha ruina, tiempo y espacio para conversar, un policía cada dos tres personas, corrupción en todos lados, una economía esquizofrénica en dos monedas, el peso y el dólar, y sobre todo esa fosforescencia sexual libre de culpas religiosas. Hay música y sabor en la calle, y en cada una de las escasas librerías la mitad de los libros son escritos por Fidel o lo tienen a él como tema. En la televisión cubana aparecen siempre Fidel o Raúl Castro, cuyas fotos también copan el Granma, un panfleto diario de cuatro páginas, el único que hay. Desde el Malecón, la gente mira hacia el mar y cree divisar, a lo lejos, las costas de Miami, un infierno paradisíaco blanco y luminoso habitado por rascacielos, lanchas, millonarios, inmigrantes, violencia, glamour, marcas, publicidad, libertad de prensa y opinión, democracia y ropa moderna. Los jóvenes se acercan a los turistas diciendo: para nosotros conversar un rato con ustedes es como ver la televisión internacional, es un modo de viajar.

En una emisión televisiva interna difundida hace un mes entre diez mil universitarios de La Habana, algunos jóvenes cubanos han hecho sudar un poco a los dirigentes vitalicios de ese país. A la sencilla pregunta del estudiante Eliécer Ávila de por qué no pueden los cubanos viajar a otros países, el presidente de la Asamblea -un señor de apellido Alarcón- contestó que si todos los habitantes del planeta decidieran tomar un avión, las rutas colapsarían. En el Chile de Pinochet hubo toque de queda durante muchos años, y la razón que se daba es que así los maridos y los adolescentes llegaban temprano a la casa. Respuestas abusivas para preguntas cándidas.

Los miembros de la dudosa Asamblea cubana aplauden con manos automáticas y miran con el rabillo del ojo los gestos cansados pero aún fieros de Fidel en su chándal deportivo capitalista que reemplaza al uniforme verde olivo. La Asamblea es una respuesta a la cándida pregunta de por qué los asuntos públicos no se resuelven de manera democrática. Los cubanos y cubanas que viajan deben hacerlo clandestinamente, como balseros escoltados por tiburones, o si no siguiendo unos protocolos muy complejos que los convierten en rehenes de su gobierno. Los cubanos tienen severamente restringido el acceso a Internet. Cuando algunos jóvenes universitarios quieren saber la razón, los veteranos y simpáticos abusadores a cargo del gobierno no tienen respuesta.

A los latinoamericanos nos ha gustado siempre el plante de Fidel y su gente ante el poder abusivo de los Estados Unidos. Para este país, arbitrariamente, Cuba es una dictadura, pero las dictaduras pronorteamericanas no lo son o da lo mismo que lo sean. Con todo, a muchos nos repugna cada vez más el abuso de Fidel y de su hermano y de sus cuñados y amigos para con los propios cubanos. Aparentemente, para enfrentar al abuso hace falta más abuso. ¿Cuál es la razón para prohibir que la gente viaje o que piense o diga lo que le parezca?

En Cuba lo que falta es normalidad, sentido común, capacidad de respuesta ante las preguntas simples que hacen los jóvenes. ¿Por qué nombrar de presidente a un hermano? ¿Cuál es el trauma con los viajes? Y también, por cierto: ¿qué hacen los norteamericanos en la oscura base de Guantánamo? ¿Por qué bloquean el comercio con Cuba y no con China? En definitiva ¿Por qué Cuba no es un país normal?

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