Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Juan Guillermo Tejeda

El pequeño Cléver y la deshumanización en Chile

Reproducción
El acceso al servicio de urgencias del Complejo Hospitalario San José, en Santiago de Chile, lugar donde nació el pequeño Cléver en condiciones irregulares.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Rompiendo aguas, pareja de un albañil peruano y también ella peruana inmigrante, Bernardita Vega tuvo que abandonar la cola en el Hospital San José para repetir en clave local la vieja historia de Belén. El personal de este hospital público se encontraba o distraido o cambiando turno o en estado de laxitud sindical, el caso es que esta señora dio a luz a su hijo Cléver en un baño y auxiliada solamente por su marido Cléver Florez.

Los derechos del "nasciturus" -el que está por nacer-, figura científica y existencialmente imprecisa que aparece en nuestro texto constitucional y que va desde una mórula hasta un bebé que asoma la cabeza por entre las piernas de la parturienta, son distintos en Chile si se trata de una madre peruana o no peruana, adinerada o no adinerada, con plan de Isapre o sin él, inmigrante o no. Pero las guaguas nacen, finalmente, vienen al mundo, tengan sus padres uno u otro pasaporte o una tarjeta de crédito gold o no tan gold o carencia absoluta de acceso a tarjeta de crédito alguna. Hemos podido ver la escena del alumbramiento gracias al teléfono celular de unos de los parientes, que la grabó, y observamos aquella precariedad donde se mezclan las cabezas de los curiosos y la indiferencia operativa del Hospital San José, hospital de pobres donde es preferible -parece- no ser de nacionalidad peruana. El director del Hospital alega que Bernardita no fue atendida por "problemas culturales" de ella.

Lea también:
» Ministra de Salud instruyó sumario interno por mujer que dio a luz en baño

Pero más allá de la frialdad o distancia o xenofobia ante lo peruano, lo que tenemos a la vista es la frialdad general de nuestra sociedad hacia las personas. Quienes viajan a esta tierra en busca de las oportunidades que se merecen se encuentran con el oscuro fango de nuestras luchas civiles. Sabemos muy bien que la sociedad chilena, sus tradiciones, sus traumas y disposiciones legales cultivan con entusiasmo ideologizado la injusticia como modo de vida, y sabemos también que -sálvese quien pueda- alrededor de un primer círculo dorado de gente con muchos privilegios se arremolinan concéntricamente grupos de nuevos ricos, de clases medias distinguidas pero en declive, sectores activamente emergentes y bolsas de desamparo o de miseria.

A esta pirámide deshumanizada llegan a sobrevivir nuestros emigrantes. Incluso quienes frecuentan las clínicas elegantes saben muy bien que sin documentar adecuadamente los propios recursos no se despliega la severa sonrisa médica ni el aparato tecnológico que la apoya. Es la ruda belleza de la ley de la selva, la supervivencia de los más aptos, aquel esplendor moral que consiste en ir a misa los domingos y a la salida aplastar con el 4WD al que se cruce en el camino. Esplendor capitalista que cambia de tono cuando baja el dólar o se produce alguna recesión porque entonces el Estado -que debe ser siempre chiquitito y poco burocrático porque si no es corrupto, ya lo sabemos- se transformará en un generoso cajero automático para que los ricos no dejen de serlo, porque sin ricos o con ricos empobrecidos este país perdería su norte moral y su dirección sociológica.

Le podemos echar la culpa al Hospital San José, que actúa como depositario final de esta filosofía de la exclusión, o a las distancias culturales que alega el Director, pero lo cierto es que detrás de este centro asistencial hay un largo aparato de negaciones e imposibilidades que atraviesa todos los centros neurálgicos del país. La ministra de Salud, María Soledad Barría, ha ordenado un sumario administrativo, aunque en justicia a quien habría que hacerle el sumario administrativo es al país completo, a quienes van a dar la cara y a quienes van a dar la espalda.

En Chile hay en estos momentos, se calcula, entre 200 mil y 300 mil inmigrantes, la mitad de los cuales viene de Argentina y Perú. Una cifra que, aunque tiende a aumentar en el último tiempo, no llega al 2% de la población. Los chilenos, en contrapartida, exportamos tres veces esa cantidad de conciudadanos a otros países. Quienes hemos sido inmigrantes sabemos lo que es el trapecio sin red, el compra huevos y a la otra esquina, las miradas huidizas, la falta de papeles, las colas, la vergüenza de ser...

Junto con los temas de medio ambiente y de derechos o no al propio cuerpo, las migraciones son uno de los grandes temas de la actualidad. Fronteras más fronteras menos, la globalización tiende a debilitar las membranas que separan a los países, y ello acelera los flujos migratorios. Más que los estados lo que cuenta hoy son las comunidades lingüísticas o religiosas, las tribus del tipo que sea. El debate nacional sobre estos asuntos es decididamente insuficiente y se asienta en ideas atrasadas. Tras discutir y enfrentarnos durante décadas por nuestra escandalosa desigualdad social y económica -enfrentamientos que no han ahorrado muertes y humillaciones a buena parte de la población-, se nos vienen encima hoy estas nuevas realidades de las que formamos parte. El mundo parece orientarse hacia una mezcla cada vez más profunda de razas y pueblos, y lo que corresponde es saber cuál es la velocidad adecuada para hacerlo sin que los anticuerpos animales presentes en toda sociedad se disparen de manera incontrolada -como ha ocurrido en Francia o en Holanda, por ejemplo- y de qué modo ello implica cambios sustanciales en los conceptos de ciudadanía, de derecho a la salud o a la educación, de respeto por las costumbres comunitarias de unos o de otros.

Pero en fin, nuestra realidad es más artesanal, y el pequeño Cléver ha respirado por primera vez el aire de este planeta desde la precariedad de un baño de hospital chileno, desde el vaho de una sucia cazuela nacional hecha a partes iguales de postpinochetismo, frialdad ante los inmigrantes y mal funcionamiento de lo público.

» Hable con Juan Guillermo Tejeda

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español