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Codelco, caso testigo de la degradación laboral en Chile

Reproducción
Los subcontratados de las empresas proveedoras y contratistas de Codelco pretenden iguales condiciones de trabajo que sus pares de planta.

Juan Guillermo Tejeda
Santiago, Chile

Sufren los trabajadores de las empresas contratistas y subcontratistas de Codelco porque no se les trata igual que a los contratados de planta: éstos tienen asegurados sus sueldos y sus bonos y unas condiciones más bien dignas. Los trabajadores del cobre han sido históricamente en Chile una pequeña aristocracia sindical. Una paralización de las plantas mineras significa un costo insoportable para el país, de tal modo que se les mima, se les acaricia y se les considera. Es un poco como los directores del Banco Central, que viven tan cerca de las bóvedas y regulaciones del dinero que deben tener sueldos altos para que no se tienten.

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Pero en estos tiempos de cultura digital, Chile y el mundo se mueven hacia la subcontratación generalizada. Todos somos un poco subcontratados o subcontratistas hoy en día, y muy pocos permanecen como empleados u obreros de planta con todo garantizado para toda la vida, o sea aquello un poco mediocre pero estable que había antes. El país ha ordenado sus cifras macroeconómicas, se ha globalizado, y la clase obrera que antes desfilaba con sus estandartes sindicales por las grandes avenidas de la patria está fragmentada y subcontratada, lo mismo que la clase media o que la clase alta. Más que clases sociales, lo que vemos hoy en día son tribus y gente en movimiento, de aquí para allá y de un lado para otro. Al parecer la economía de los países se robustece con la descontratación masiva de las personas, de tal manera que estamos como adheridos apenas con cinta scotch a nuestras fuentes de trabajo, y nadie espera ya mucho de una negociación colectiva o de algo tan antiguo como una asamblea sindical.

Cada cual es hoy empresario de sí mismo, y las empresas no quieren contratar personas, sino a otras empresas, porque de otro modo se ven obligadas a hacerse cargo de los kilos de humanidad y de tiempo y de colaciones y de licencias que significa cada empleado y cada empleada con sus contratos legalizados. Contratos que además valen muy poco, porque aunque no conozcamos en detalle la ley laboral, el ambiente que hay en la letra chica es que para un despido bastan una mala palabra o una mala cara y el lunes estaríamos buscando algo nuevo. De tal manera que, salvo algunos soñolientos funcionarios fiscales que quedaron por ahí junto a unos gomeros de plástico, nadie se acomoda ya confiadamente en su escritorio o junto a su herramienta de trabajo, sino que lo que hacemos es deslizarnos provisionalmente sobre la melamina laboral de la patria. En lugar de adherencia hay lo que se llama ahora emprendimiento.

Los trabajadores subcontratados de Codelco merecen, sin duda, condiciones dignas de trabajo, como las merecen los trabajadores subcontratados de las universidades, de las municipalidades, de los grandes almacenes, los supermercados, las cadenas farmacéuticas y los cabarets. Pero la señora que barre y está a honorarios en una empresa que a su vez es subcontratada por otra, no tiene la sensación de estar instalada en nada: hasta su escobillón tiene más seguridad que ella en cuanto a seguir dentro de la empresa Todo pende de alfileres, y la idea central es que, en el negocio global, somos socios cuando las cosas no marchan bien, y en cambio cuando la empresa se enriquece debe bastarnos con ser empleados, o prestadores de servicios a honorarios. Codelco vende al mundo el fundido de unas piedras rojizas o verdosas que hace unos años se cotizaba a buen precio, precio que en poco tiempo se ha triplicado. Quienes ponen su empeño en estas piedras y fundiciones querrían, quizá, participar un poco de ese 300% de sobreprecio, y aunque el deseo es humano, la mirada económica moderna es otra. En lugar de contratos de planta lo que impera hoy son las licitaciones, las subcontrataciones y la precariedad de todos y cada uno de los trabajadores cupreros y no cupreros.

Incluso, dicen, los altos ejecutivos de cualquier actividad que cortan billete grande sufren mucho y sudan en las noches porque sus cargos dependen del cumplimiento de metas, y si los resultados no son muy satisfactorios se ven rápidamente reemplazados por otros ejecutivos más musculosos y de dientes más blancos, lo que para ellos es duro porque un dividendo hipotecario de dos millones o cuatro colegios de 300 mil mensuales cada uno no se pagan con molido. El contrato, en suma, no asegura mucho nada a nadie, al menos en Chile o en los países emergentes, que por eso emergen, porque más que almuerzo con la mesa bien puesta, la vida laboral parece picnic o sandwich triangular en una gasolinera.

La seguridad laboral pasa hoy por trabajar en tres o cuatro sitios a la vez, o por ser dueño de una empresa subcontratista de ganado humano, lo que tiene también sus inconvenientes porque entonces hay que preocuparse día y noche del negocio para mantenerse flotando en las procelosas aguas del mercado. Para no pasar zozobras lo que corresponde es comprar muchas propiedades o acciones o diamantes, que son para siempre, ése es el modelo. Económicamente, hemos pasado de la edad media a una era galáctica donde todo flota al margen de las leyes de la gravedad laboral, tanto para los trabajadores cupríferos como para los demás. Dentro de nuestro gobierno hay los socialistas de tipo retro que quieren contratar a todo el mundo, y los expansivos globales, que procuran descontratar o subcontratar o anticontratar.

Vemos que los países con leyes laborales muy buenas se van rezagando, al tiempo que allí los dueños de las empresas buscan y encuentran los artilugios para burlar tanta buena intención. En fin, así están las cosas. El mercado es cruel, el trabajo ha llegado a tener un poco el temor y el color de la venta ambulante y nuestra existencia no pasa de ser una permanente subcontratación, si es que hay suerte.

» Hable con Juan Guillermo Tejeda

Juan Guillermo Tejeda es Licenciado en Artes por la Universidad de Chile. Ha enseñado diseño en Barcelona y Santiago de Chile. Premio al mejor Ensayo 2002 del Fondo del Libro y la Lectura por Allende, la señora Lucía y yo. Ha colaborado como columnista en diversos medios chilenos: Revista El Sábado de El Mercurio, The Clinic, La Nación Domingo, etc. Es director del Boletín Académico de la Universidad de Chile.

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