
Juan Guillermo Tejeda
Santiago (Chile)
Mil doscientos millones de pesos se invertirán en arreglar el camino a Farellones. De esa cantidad, el Ministerio de Obras Públicas pone la mitad; la feliz municipalidad de Lo Barnechea, el 10 por ciento, y el 40 por ciento restante, una empresa minera que se llama Anglo American. Paralelamente, la empresa Aguas Andinas ha iniciado los trabajos para descontaminar las asquerosas aguas del río Mapocho, invirtiendo 64 millones de dólares en la operación, es decir veinte veces más que lo que se gastará en Farellones.
Anglo American y Aguas Andinas son empresas ejemplares, en la medida en que están dispuestas a considerar proyectos que, aparte de beneficiarlas a ellas y a sus accionistas, sean también rentables para la comunidad. Pero queda por saber si nuestros gobernantes son tan ejemplares como estas compañías.
La pista de las obras señala que allí donde hay una empresa que puede obtener beneficios, se hace una mejora para los ciudadanos. Anglo American utilizará las nuevas carreteras para llevar y traer sus minerales, que venderá en el mundo global recuperando su inversión mediante franquicias o algún tipo de beneficio, ya que de otro modo sus accionistas no iban a estar de acuerdo en que una empresa cuyo objetivo es hacer dinero sacando mineral de la tierra se dedique a hacer caminos cordilleranos para los chilenos. Aguas Andinas, por su parte, ha anunciado que derivará el gasto de las obras de saneamiento del Mapocho a los consumidores, es decir a todos nosotros, subiéndonos las tarifas.
¿Qué ocurre en cambio cuando el beneficio de los ciudadanos no es beneficio directo para empresa alguna? Ocurre que la obra no se hace.
Es el caso de la descontaminación del aire en Santiago, que parece no ser negocio para ningún grupo empresarial. Por lo tanto, tenemos que respirar hollín hasta morirnos. Las empresas siguen el olor aromático del dinero, que es lo lógico, lo que cada uno de nosotros haría o hace si tiene una empresa. Lo extraño es que los ministros, que representan a los ciudadanos, sigan también los olores del dinero y no las necesidades de las personas. No siempre coinciden.
Los ministros que tenemos hoy son conversos al capitalismo, lo que es normal porque todo el mundo se ha ido convirtiendo en las últimas décadas al mercado, del mismo modo que la gente se fue haciendo poco a poco partidaria del feudalismo en la Edad Media, abandonando las ideas paganas o romanas de antes. Pero la fe del converso siempre es dudosa, y por ello es que nuestros ministros o ministras, nuestros especialistas a cargo de la cosa pública, se afanan en lucirse aliándose con las empresas privadas, lo que tiene su lado bueno a veces, y su lado oscuro en otras ocasiones. Está claro que en el caso del smog santiaguino no encuentran al socio apropiado. Ni lo encuentran tampoco para el transporte público de la capital, porque los empresarios del transporte sólo desean hacer caja. Ofrecer a los habitantes de esta maltratada ciudad un servicio integrado, respetuoso y eficiente de movilización no es responsabilidad ni del buen Demetrio Marinakis ni de nadie en particular, sino de los gobernantes. La educación pública, que funciona exitosamente en todos los países desarrollados, es asimismo un zapato chino para los dirigentes chilenos porque a las empresas les importa un rábano la educación pública. ¿Por qué habría de importarles? Ellos son privados. Y en Chile lo que no se hace con los privados no se hace. Tenemos un sistema público castrado.
Nuestros políticos de la Concertación saben que pueden seguir gobernando a Chile siempre que consideren al sector público como una oportunidad para los privados y nada más. Los concertacionistas cumplen la faena con mejores modales que los Chicago Boys, sin duda, pero su ortodoxia es quizá más dura.
Se dice que no hay dinero para lo público. No lo hay, pero Aguas Andinas tiene la certeza de que cuando haya hecho su saneamiento mapochino ¿lo necesitamos- el gobierno autorizará el alza de tarifas, y, a la manera de un impuesto, a quien no pague la cuenta le cortarán el agua. Resulta que está por ahí esa plata -plata de las personas, de todos nosotros-. Lo público, en manos de nuestros ministros cada vez más desapegados de sus antiguos ideales, se convierte en licitaciones, donaciones, exenciones tributarias y una serie de otras gimnasias rítmicas donde las personas de carne y hueso ni cuentan para nada. Los grandes actores de lo público son hoy los privados. Hay allí un desajuste que curiosamente no es para nada responsabilidad de las empresas ¿las empresas existen para hacer dinero-, sino de los gobernantes. Ellos tienen la misión de que lo público esté al servicio de los ciudadanos.
Uno quisiera de pronto que un escenario de este tipo lo llevaran adelante no estos concertacionistas con gestos culposos y sonrisas de disculpa, débiles para el negocio y blandengues en sus principios, sino los propios felinos del invento, los neoliberales o derechistas o aliancistas o como quiera que se llamen. En sus lomos cabalgaríamos con los ojos llameantes, gozosos por fin de ser capitalistas, dejando atrás esas minucias que no funcionan y que jamás funcionarán.
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