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Elogio de la discrepancia: arte y cultura visual en México 1968-1997

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La exposición presenta el verdadero nuevo relato del arte contemporáneo en México

Inés Girola
Buenos Aires, Argentina

Cuando se consolida la visión hegemónica de una época, sea en el arte o en cualquier otro ámbito de la cultura, las corrientes dominantes se encargan de establecer los lineamientos principales que dicha "mirada" dejará inscriptos en la historia, apuntalando las palabras precisas y los medios justos para cada discurso cultural y búsqueda artística posible. Ahora bien, en oposición y cuestionamiento a esta hegemonía, no son pocos aquellos que siempre pugnan por hacer lugar a la palabra propia, al gesto que difiere, al movimiento que discrepa. Y ellos son, justamente, los que dejarán la huella necesaria para que la mirada oficial sea revisada y debatida continuamente.

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En la exposición que aloja en sus salas hasta el 11 de agosto el Museo de Arte Argentino y Latinoamericano (Malba) en Buenos Aires, titulada La era de la discrepancia. Arte y cultura visual en México 1968-1997, se exponen más de 170 obras de artistas de distintas generaciones y horizontes culturales, en manifiesto desacuerdo con los usos y soportes tradicionales del arte. En estas obras, se encuentran plasmadas diversas críticas y cuestionamientos al sistema cultural y artístico en infinitas formas, pinturas, fotografías, afiches, documentos, videos, esculturas y objetos de todo tipo, presentando un verdadero nuevo relato del arte contemporáneo en México, decididamente fundamental al momento de abordar épocas y fechas de tamaña singularidad en la historia reciente.

Dos episodios políticos marcan el período que los curadores de la exposición (Olivier Debroise, Pilar García de Germenos, Cuauhtémoc Medina y Álvaro Vázquez Mantecón) han decidido recortar para esta ocasión, dando lugar a la primera revisión histórica realizada académica y críticamente de la producción artística independiente en dicha época. El primero de los episodios, situado en el año 1968, durante las últimas fases del régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y acompañando la inauguración de las primeras Olimpíadas organizadas por un país subdesarrollado, refiere al Movimiento Estudiantil y artístico que discrepaba respecto de las actividades culturales planificadas para ese evento, y que fue sanguinariamente cercenado, dejando marcas indelebles a las manifestaciones democráticas y libres en las calles. Este acontecimiento provocó un cambio profundo en las dinámicas artísticas, favoreciendo el surgimiento de los movimientos culturales en "agrupaciones", que hacían frente al clima hostil y represivo que se evidenciaba en el país.

El segundo de los momentos, aquel que da cierre al período propuesto, se sitúa en 1997, y corresponde al ápice de la crisis que se ha conocido mundialmente como "efecto Tequila". La década del 90 estuvo sellada por una grave crisis social y política en México, que en 1994 dio como resultado el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZNL) en Chiapas, y produjo revuelos en otras muchas regiones de Latinoamérica. La creciente globalización, por su parte, marcó en México el momento en la historia en el cual ya no es posible comprender el presente arraigándose a las nociones de un pasado nacional, independiente e histórico. Los años 90, entonces, funcionaron como un disparador para el desarrollo de nuevas formas artísticas, ligadas a la representación de los efectos políticos y culturales mundiales.

Como síntesis de todas las diversidades que surgieron entre estos dos momentos históricos, un enunciado resaltó por sobre las palabras de lucha, consolidándose como concepto rector del arte que se desarrolló en el México de estos años: dichas palabras, pronunciadas por el decano de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pregonaban simple y profundamente que "viva la discrepancia". Constituyéndose en el título y concepto guía de esta muestra, esta sentencia otorgó la unidad temporal a las obras, manteniendo siempre en vigilia la idea de una "diferencia" necesaria.

Tenemos, entonces, dos conceptos fundamentales para leer la propuesta de esta exposición, que se hacen más que patentes al sumergirse en las salas: por un lado, el de los márgenes, allí donde se sitúan, lejos de las obras oficializadas, las producciones de los más de cien artistas convocados (a pesar de haber sido unos mayormente consagrados que otros) y por el otro, el de las identidades, concepto que rige la búsqueda de aquellos que no se han sentido nunca parte de la mirada artística, ética y política hegemónica de la época.

La era de la discrepancia, ya exhibida anteriormente en el Museo Universitario de Artes y Ciencias de la UNAM, se divide en nueve secciones, cuidadosa y excelentemente montadas, dedicadas a cada una de las formas particulares de la discrepancia. La primera, Salón independiente, muestra imágenes y afiches de los SI (Salones Independientes), asociaciones colectivas libres de ataduras oficiales. Movimiento Pánico, la segunda sección tiene como actor principal al dramaturgo, actor y cineasta de origen chileno Alejandro Jodorowsky, quien representa en su serie de fábulas pánicas (de estética cómic) una dura parodia a la sociedad contemporánea; las obras de Jodorowsky fueron constantemente censuradas y siempre cargadas de fuertes polémicas.

Luego, Sistemas, la tercera estación de la exposición, propone una revisión del "geometrismo" mexicano de los años 70, con obras como Renga, de Kasuya Sakai -parte de la serie homenaje a John Cage-, imperdibles e impactantes. La cuarta sección, Márgenes conceptuales, está dedicada al arte conceptual o no-objetual, y presenta obras que buscan nuevos lenguajes y formas, investigando y sobre todo experimentando en las esferas del simbolismo y la filosofía, en diálogo directo con el Fluxus europeo. Estrategias Urbanas, quinta estación, trabaja sobre la fotografía política documental, los grupos culturales de izquierda y expresiones de género y sexuales. La siguiente sección, Insurgencias, refuerza la importancia de la fotografía documental, medio que representó el surgimiento de un nuevo imaginario para los actores políticos de oposición.

La identidad como utopía, séptimo encuentro, refleja el núcleo de la propuesta pictórica de los 80, impulsada a desvincular la política de las cuestiones partidarias, y lanzada a proferir los más diversos discursos en busca de la identidad; además, reflexiona sobre la estética gay y la sexualidad. La anteúltima sección, La expulsión del paraíso, abre el reclamo por lo que se llamó el multiculturalismo, y presenta obras de gran tamaño, realizadas por manos de artistas mexicanos y extranjeros que cuestionaban el sistema del arte en el país. Finalmente, Intemperie, la última sección, situada ya a inicios de los 90, muestra una vez más la oposición a la institucionalidad que buscaron la mayor parte de estos artistas: un obelisco móvil para mercados ambulantes corona el recorrido en la terraza exterior del Malba.

"¿Dónde está la producción de una identidad?" se lee en una tela bordada a mano que forma parte de la séptima sección de la exposición. Una pregunta difícil de responder, o al menos, cuya respuesta requeriría de múltiples y discrepantes opiniones. En este sentido, la creación artística presente en esta muestra no intenta expresar de modo acabado las corrientes emergentes de una época, sino que busca representar la narración de un período histórico que pretende reconstruir una parte de esta historia "perdida"; podría decirse, a modo de testimonio que logre despertar e inquietar a la memoria colectiva.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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