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Los leones y tigres ya no podrán ser utilizados como parte de espectáculos de circo.
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago (Chile)
Se acerca el final de los tigres deprimidos y los leones sin dientes de los circos, que según nuevas disposiciones municipales no podrán ser ya exhibidos como espectáculo. El antiguo circo artesanal, despojado de sus atracciones, va decayendo, mientras prospera el nuevo formato de lo circense que es la televisión y sus shows en vivo. Allí es donde se ha trasladado la crueldad.
Lo que cuenta del circo, desde los romanos, es su capacidad de ponernos en contacto con lo más salvaje de nuestra naturaleza. Los circos se hicieron grandes en la época de las trapecistas, de los magos, los domadores de fieras y la exhibición de freaks, como el fakir delgadísimo, la mujer barbada o el titán forzudo. En el siglo XIX, exploradores alemanes y franceses se afanaban por llevar a Europa trozos vivos de la cultura aborigen, y los espectadores podían admirar a parejas polinésicas o familias patagónicas que se exhibían en jaulas. Más tarde alcanzamos a ver en Chile a los equilibristas alemanes, que se paseaban sobre un cable tensado entre los techos de los edificios ministeriales de la plaza Bulnes, a muchos metros del suelo. O a unos motoristas del Circo Frankfurt de Fieras que se entrecruzaban sincronizadamente dentro de una esfera de huinchas metálicas. Todos ellos se jugaban la vida por un sueldo escaso y por el acceso al aplauso. Hoy ya no hay espectáculos así. Los tigres han decaído mucho y los monos dan pena, así es que el alcalde Alcaíno, que ama a los animales, ha puesto un decreto que prohíbe a los circos exhibir a estas bestias.
Los animales deben ser respetados, lo dicen diversas organizaciones no gubernamentales, y por eso es que, mientras leones y tigres han quedado cesantes, los perros vagos se pasean satisfechos por nuestra ciudad. Hay unos doscientos mil perros rondando por nuestras calles, afirman las autoridades, de los cuales unos 65.000 no tienen dueño ni querencia o sea que son vagos las 24 horas del día y duermen donde caiga, comiendo lo venga. Parques y plaza son hoy reductos de estas jaurías, pero a la gente no le importa mucho porque los humanos preferimos los malls y en los malls sí que no entran perros. Las cacas de los dogos quedan en la entrada de los edificios, pero ello parece ser parte del nuevo sistema de convivencia pública con el reino animal.
Desde el Ministerio de Salud, los funcionarios informan que no hay graves peligros que se deriven del contacto de la población humana con la población canina, ya que si a uno lo muerde algún bicho es difícil que le contagie la rabia, que está erradicada, y el problema sería sólo de carne molida en caso de según qué mordiscos. Pero nadie se atreve mucho a sacar de en medio a los perros vagos porque se le vienen encima esas organizaciones no gubernamentales, y eso es un problema que ningún alto cargo desea afrontar. No se entiende por qué los amantes de los animales, es decir los que se oponen a cualquier medida que regule la vagancia canina, no se llevan a esos quiltros para su casa. La idea parece ser amarlos a distancia, dejarlos ser en la calle y en los parques, en contacto con los niños, los escolares, las ancianas y demás peatones.
Mientras Santiago se nos va convirtiendo en un circo perruno, los circos se vacían de animales y dentro de poco no tendrán ya qué mostrar. Los malabaristas están hoy en cada semáforo, y lo payasos configuran un tipo de humor un poco rancio, bastante más soso que el de los humoristas televisivos como Yerko Puchento o Álvaro Salas, que sí saben llegar al corazón de la audiencia. Si quiere uno maravillarse basta con la tele o con You Tube, y no hay para qué ir a algo tan antiguo como un circo. Estamos viviendo un cambio de formato.
El circo es y ha sido siempre burla, riesgo, el circo es la exhibición festiva y musical de nuestras virtudes y vicios más crudos, y hoy por hoy no es necesario ya ir a ver a un tigre adormecido para agitar la sed de selva que todos llevamos dentro. Basta con observar la fauna que corre por los programas del Kike Morandé o de don Francisco y su enérgica hija, basta entrar en las polémicas faranduleras, y si eso no bastara siempre está abierta la posibilidad de dar un paseo por la ciudad y encontrar en ella el calor perruno y el olor a hocico que forman parte de nuestra condición humana.
Terra Magazine
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