
|
Getty Images
Cuesta creer que una cultura milenaria tan magnífica como la china, no hubiera cultivado modales exquisitos en su pueblo.
|
Suena tan asqueroso como sorprendente, pero se trata de un claro, bien intencionado y pedagógico mensaje: "Trágate la flema. La flema no hace mal. No la escupas".
Zhang Huiguang, la funcionaria a cargo de mejorar los hábitos de la población de Beijing, es fina, elegante, reposada, y con este discurso intenta concientizar a los niños chinos, tarea menos compleja que corregir malos hábitos arraigados históricamente en los adultos. Desde 2005, es la señorita Carreño en versión beijinesa, ya que está a cargo de una campaña especial llamada "Por un Beijing cívico y unas Olimpiadas humanas", que ha incluido "Actividades de promoción, educación y práctica de las reglas de urbanidad y los comportamientos cívicos".
Visité China el invierno de 2006, cuando Zhang Huiguang llevaba un semestre en su cargo, y la Plaza Tiananmen era sólo una vasta superficie blanca, cruzada por el viento gélido que sopla fuerte desde la lejana Siberia, muy distinta de la cálida y húmeda ciudad en que hoy se viven los Juegos Olímpicos. Ni la nieve ni el frío desalentaban a los turistas extranjeros y locales que le aportábamos color al albo panorama con nuestras parkas, gorros y guantes. Los chinos hacían fila en masa para visitar la tumba de Mao, que está enterrado bajo la plaza, y los demás tendían a cruzar la ancha avenida que se separa Tiananmen de la entrada a la famosa y milenaria Ciudad Prohibida. Rodeados por enjambres de vendedores ambulantes ilegales que ofrecían a one dollar gorros y guantes de polar, enfrenté por primera vez al espectáculo que la funcionaria Zhang está empeñada en corregir: los escupitajos compulsivos.
Una de las malas costumbres más arraigadas entre la población china es la de escupir. Recuerdo el asco que sentimos una noche en que nos subimos a un taxi en la preciosa ciudad de Guillin. Ubicada más al sur, las noches invernales no eran tan gélidas y el conductor manejaba con su ventanilla abierta, para escupir a un promedio de un gargajo por cuadra. El temor de que, con la velocidad y el viento, uno se colará para atrás hizo del viaje una pintoresca aventura. Luego de un mes en distintas ciudades chinas, ya nos habíamos acostumbrado a los sonidos previos a la expectoración y a la saliva escupida humedeciendo las veredas.
También nos resultaba familiar el que la gente en los restaurantes hablara con la boca llena, se limpiara la boca con el mantel y se sonará estruendosamente mientras comía. Otra peculiaridad llamativa era la falta de educación para el servicio. Exceptuando los hoteles de cadenas internacionales cinco estrellas, en todos los demás recintos, los mozos y las camareras servían por cualquier lado y retiraban los platos por donde se pudiera, chorreaban los manteles y desbordaban las tazas al servir el tradicional té verde y hasta se escarbaban la nariz a vista y paciencia de los comensales.
¿Resabio de la revolución cultural?
Probablemente se trata de uno de los resabios más domésticos de la terrible revolución cultural de los años 60, en que la sana convivencia entre los chinos se fue a la cresta. El acuseteo y la delación fueron la norma. Cuesta creer que, previo a la instauración del régimen comunista y a su devenir a lo largo del siglo XX, una cultura milenaria tan magnífica como la china, no hubiera cultivado modales exquisitos en su pueblo. Pero como la pregunta era compleja y una falta de delicadeza en sí misma (¿Ustedes han sido maleducados siempre o sólo desde comienzos del siglo pasado?), no tuve oportunidad de hacerla.
Otras costumbres chinas que me resultaron sorprendentes en ese viaje fascinante y ahora en positivo fue el hábito de pasar largo tiempo en cuclillas. Los chinos esperan micro, juegan y conversan en las veredas encuclillados, permaneciendo durante horas con las asentaderas posadas sobre sus calcañares. Se trata de una posición que acalambraría a cualquier occidental, pero que al parecer a ellos les sienta (y se sienten) bien. El Tai Chi en las plazas, la práctica de comunicarse con los árboles, los concursos de caligrafía en el suelo en parques y lugares públicos, el "deporte" de caminar de espaldas con los ojos cerrados en línea recta, la práctica estoica de nadar en ríos y lagunas congeladas, la práctica de una especie de bádminton sin malla pero que se juega con el pie y una plumilla con plumas multicolores.
Cuando uno se enfrenta a estas plácidas y hermosas formas de esparcimiento y convivencia, cuesta entender que exista una funcionaria orientada a corregir otros hábitos tan feos, como el de los escupitajos. Pero ahí está afanada la señora Zhang, quien insiste en enseñarles a los niños, apoyada incluso con series de dibujos animados, que es mejor tragarse la flema que expulsarla.
Y a estas alturas de la vida y del desarrollo de los Juegos Olímpicos que justificaron su cargo, la funcionaria ha declarado sentirse satisfecha. Al menos en Beijing, la campaña de publicidad por radio, televisión, Internet y teléfonos móviles con el fin de enseñarle al pueblo la manera correcta de escupir, parece haber dado frutos. Hoy es común ver a algunos ciudadanos escupiendo en una servilleta o una bolsa, y a continuación colocándolas en un tarro de basura para completar el proceso. Un asco, pero un asco con estilo y discreción. Una actitud flemática, casi inglesa, muy distinta a la de andar arrojando flema a diestra y siniestra como si se tratara de guanacos y no de seres humamos.
Por último, una reflexión: es curioso que flema tenga dos significados tan distintos y al mismo tiempo tan relacionados: 1. "Mucosidad pegajosa que se arroja por la boca, procedente de las vías respiratorias". Y "3. Calma excesiva, impasibilidad", el famoso atributo de los inexpresivos y educados ingleses.
Terra Magazine
» Ventas después de Acción de Gracias: una señal