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EFE
Jóvenes lanzan rocas a la policía durante una manifestación convocada por estudiantes secundarios que se oponen a Ley General de Educación (LGE), en Santiago (Chile).
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Juan Guillermo Tejeda
Santiago (Chile)
Nos gusta hablar de educación a los chilenos. Somos un país con grandes tradiciones pedagógicas, con muchos expertos y con una profunda ley pasando por un trámite también profundo en el parlamento. Otra cosa sucede en la práctica cotidiana. Ciertos hechos nos señalan que algo inquietante está ocurriendo con los niños, y con los adultos a su cargo. Estamos viviendo tiempos severamente antipedagógicos.
En la localidad de Colina, Erna Rivera, de 26 años, provocó la muerte de su hija Paulina a combos y patadas porque la niña se resistía a leer un libro que le habían indicado en el colegio. Detrás de esta histeria homicida y de la perturbación consiguiente se adivina el latido de una estructura mental para la que el éxito escolar es obligatorio para salir de la miseria. El mensaje que machaconamente han lanzado nuestros políticos es que no nos educamos para ser mejores personas, sino para ganarle a otros, para surgir en la vida y traspasar la helada y rocosa estratificación social que hace que los hijos de los pobres sigan siendo pobres.
En Calama, un padre mandó al hospital a su hijo de dos años tras darle un puntapié en la cara, por haberse orinado. La educación en base a golpes sigue siendo en Chile una disciplina muy extendida.
Sabemos ahora del caso de la profesora Darrigrande, de un colegio de Recoleta, que ha sido acusada por la madre de un niño de 12 años de haberlo sometido a abusos deshonestos, a lo que la profesora ha respondido que ella sólo se preocupó de ese niño, de carácter extrovertido y líder, y al mismo tiempo en problemas debido a la disfuncionalidad de su familia.
Desde Viña, entretanto, nos llega el caso de una profesora de inglés del colegio Eben Ezer, que según las denuncias mantenía amarrado con cinta adhesiva a su silla a un niño discapacitado de seis años que padece diaplejía espástica. Parece que la profesora se había enojado, cuentan los compañeros del menor. La discrecionalidad de las profesoras es, pues, un tema: lo que pueden permitirse hacer o no hacer con los niños que tienen a su cargo. Quienes nos criamos en una tradición de profesores abusivos que pegaban cachetadas pedagógicas y punterazos correctivos entendemos que, prohibidos los golpes, algo habrán ideado los modestos pedagogos nacionales de hoy para hacerse cargo de esas turbas de niños y niñas revoltosos.
Freddy Villalobos, profesor en Antofagasta, protagonizó un duelo de humillaciones mutuas con su alumna de 16 años Estefany Gatica a ver cual de los dos era más pobre y fracasado en la vida. La niña, que es a la vez mujer -madre soltera- prorrumpió finalmente en llanto y puso una denuncia en contra de su profesor. La conversación fue grabada en un celular y transmitida por una radio local. Entretanto la célebre María Música Sepúlveda fue finalmente expulsada de su colegio por haberse permitido lanzar -triunfalmente y sin arrepentimiento- un jarro de agua a la cara de la Ministra de Educación Mónica Jiménez. La Ministra ha hecho declaraciones muy confusas donde censura el hecho sin censurarlo y recomienda la expulsión sin recomendarla, muy en una línea católica de presentar la otra mejilla mandando de paso, sí, al culpable al infierno. Y la madre, por su parte, aplaude la acción de la niña.
Quizá estemos constatando serias falencias en la capacidad educativa no sólo de los profesionales del áreas, profesores, ministros, etc., sino también en los padres. La educación institucionalizada con jornada larga y cobertura integral tiene la desventaja de ahorrarle a los padres el cuidado de los niños. Muchos de nuestros padres y de nuestras madres son analfabetos pedagógicos. Y los profesores no se la pueden con todo. No puede un sistema institucionalizado hacerse cargo de la artesanía familiar. Las casas vacías con el padre y la madre en el trabajo, la mucha televisión, la abuela en un asilo, el desaparecimiento de la vida de barrio, van privando a los niños del tejido social y familiar donde educarse según los valores de sus padres y sus abuelos.
Muchos niños, a su vez, se han parentalizado, es decir que se hacen adultos antes de tiempo y adoptan el rol de ser padres o madres de sus padres. La sexualidad, antes un tabú imposible, está hoy al alcance de todos. Y la delincuencia pasa a ser una tentación juvenil si no infantil. Hace unos días en Calama un niño de 13 años agredió a puñetazos a un carabinero que le pedía el carnet. Y en la Serena, otro joven de 13 años le disparó a uno de 16 en la cabeza por no dejarlo entrar a él y a su acompañante -el niño es muy completo- a una fiesta.
Tal vez los sociólogos tengan una explicación para ordenar científicamente estos hechos que brotan como forúnculos en la piel de nuestra sociedad. Las familias ya no son lo que eran. Hay un evidente desfase entre lo que los niños aprenden en el colegio, en la calle, en el mundo virtual y en la casa. Nuestros niños ya no son tan niños, quizá. Y nuestros adultos no llegan a ser adultos.
Terra Magazine
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